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Teorema

El mensaje
Fecha de Publicación: 11/06/2020
Tema: Valores
Recibí vía WhatsApp un mensaje que se refiere a un muchacho que pasó dos semanas sin saber que estaba infectado e ignoró “las reglas”. Se juntó con sus amigos a comer pizza, llevó gente a la casa, e incluso fue a un parque y a una playa. Pensó “no me siento enfermo. Tengo el derecho a seguir viviendo una vida normal. Nadie puede decirme qué hacer”.

Continúa el escrito refiriendo que dos semanas después, cuando se presentaron los síntomas, fue al médico quien diagnosticó: Coronavirus. Pasó los siguientes días en el sofá de la casa de sus padres, sintiéndose mal. Pero siendo joven, sano y fuerte se recuperó pronto.

El autor del artículo dedica las siguientes líneas a presentar graves inculpaciones contra él: contagió a su mejor amiga y ella, sin saberse contagiada visitó a su abuelo de 82 años quien tenía problemas cardíacos y EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica). El abuelo falleció. El joven es responsable.

También contagió a su compañero de trabajo quien padecía asma y ahora está hospitalizado. Desde luego, contagió a todos los miembros de su familia y también al cajero de la pizzería. Este contagió a su mujer (sic), quien padecía de esclerosis múltiple y ahora tiene dificultad para respirar. Tendrán que inducirla a un coma e intubarla. Puede que no pueda decir adiós a sus seres queridos. Morirá rodeada de máquinas, sin familiares alrededor.

Finalmente, a manera de sentencia, recrimina al joven de su historia, haciéndolo culpable de tantas desgracias. Dice que su ingrato personaje causó tanto dolor a otros porque le incomodaba usar mascarilla, no se quería quedar en casa y se negó a seguir “las reglas”.

Mi comentario:

El chico de la historia no es responsable por lo que sucedió a los demás. La diatriba que recibe carece de sustento ético. El abuelo de 82 años debió cuidarse a sí mismo. Lo mismo, la señora que padecía esclerosis múltiple, cuyo esposo tampoco seguía “las reglas”.

La situación dramática que pinta quien escribió ese texto busca partir el corazón del lector y hacerlo levantar un dedo acusador hacia el joven, diciendo ¡culpable! No solo exagera, sino también está conceptualmente equivocado.

Quienes tienen determinadas condiciones de salud o una edad avanzada deben resguardarse ¿Qué tantos cuidados? Eso depende de sus condiciones de salud, las necesidades físicas, afectivas y ansias de libertad de cada quién. El joven que fue a comer pizza con sus amigos no puede, de ninguna manera ser responsable por la muerte del abuelo cardíaco y con EPOC.

No se trata de que venga alguien, nos contagie y después lo inculpemos por haberlo hecho. No existe responsabilidad legal en quien haya contagiado a otro. Desde luego, aún menos puede existir responsabilidad moral por tal hecho. Si mediara premeditada intencionalidad, esta tendría que ser demostrada.

Si una persona va a una pizzería, al supermercado, la oficina, un concierto o se mete dentro de un grupo de manifestantes y resulta infectado, el problema y la responsabilidad es de esa persona, solo suya.

¿Cómo va a ser responsable por su salud el otro manifestante desconocido que gritaba a su lado y posiblemente ignoraba estar contagiado?

La libertad tiene un reverso. Éste se refiere a la responsabilidad. Sólo en los niños y en las personas que padecen demencia se puede pensar que exista libertad sin responsabilidad. Son dos partes de un mismo concepto, íntimamente unidas. No puede haber una sin la otra.

Quién escribió ese texto, no parece tener claridad alguna acerca del significado de responsabilidad. Uno es responsable por uno mismo. Sus hijos mayores lo son por ellos. Los padres y los abuelos también.

Dentro de las personas con alto nivel de riesgo, cada quién decide qué tanto habrá de protegerse. Su responsabilidad se expresa así. Incluso, algunos padres deciden si reciben o no la visita de los hijos que no viven con ellos. Saben que hacerlo aumenta la posibilidad de ser contagiados por las personas que más aman. Los abuelos harán lo propio con los nietos y así...

Los esposos y los novios, cuando no viven juntos, tendrán que enfrentar decisiones complejas al respecto. Conozco a algunas personas que han tomado el distanciamiento con mucha severidad. Madres que hablan con sus hijos con un ventanal de por medio, utilizando sus teléfonos, casi como en las prisiones de las películas.

También veo cómo esa austeridad extrema en algunas personas de alto riesgo empieza a relajarse. Quizá el abuelo de la historia, con sus 82 años, complicaciones cardíacas y el EPOC que acaso lo hacía depender de un tanque de oxígeno, deseaba tanto ver a sus nietos que dejó de importarle enfrentar el riesgo de morir.

Algunas personas con condiciones de alto riesgo han empezado a relajarse, a recibir visitas, a asumir riesgos mínimos, pero riesgos al fin. Posiblemente lo han hecho porque no soportaban más lo terrible del encierro. Y tienen razón, mucha razón.

Cuando una de esas personas acepta recibir una visita, sabe que el visitante puede, sin saberlo, ser portador. De la amorosa visita podría acontecer una infección. Quien produjo el contagio no es responsable. La responsabilidad siempre será de la persona que aceptó la visita. Todos debieran tenerlo muy claro.

Sé de parejas que han dejado de verse, tocarse y prodigarse caricias. Esa es parte de su libertad... y de su responsabilidad, enmarcada dentro de su propia actitud hacia ser contagiados. Sin embargo, lo considero un costo enorme. Principalmente para aquellos que ya aceptaron que muy pronto estaremos caminando hacia una inmunidad colectiva.

En ella cerca de 70% de la población se contagiará, las personas jóvenes y sanas enfermarán un par de semanas y se recuperarán después, adquiriendo los dichosos anticuerpos. El aislamiento será para personas mayores o con problemas de salud y para quienes prefieran el encierro a la libertad. Ellos volverán a su vida de antes cuando todo haya pasado.

Muy pronto, la ilusión de una vacuna se desvanecerá. La población comprenderá, que habrá de ser como ha sido siempre, con todas las epidemias y pandemias habidas, que solo terminan cuando creamos anticuerpos que se transmiten de generación en generación.

Quizá se entonces se pregunten ¿y de que sirvió tanto encierro, toque de queda, restricciones, ausencia de transporte…? Hoy sabemos todo lo que ha costado, todo lo que se ha perdido ¿Qué sucederá cuando la gente sepa que nunca valió la pena?

La calidad de vida, en cuanto a sus aspectos afectivos, sociales, psíquicos, en una palabra, a ser personas libres, representa el bien que más valora la humanidad. Perderlos significa un costo demasiado alto. Encontrar que todo pudo evitarse (aquí y en otros países que aún mantienen tales regulaciones, “las reglas”) debería causar una reacción pública en contra de los gobiernos que las impusieron.

Pero no está sucediendo así en los países que ya “abrieron sus economías”, eufemismo para decir que devolvieron la libertad a sus ciudadanos, arbitraria, injusta e irresponsablemente suspendida.

Me temo que entre nosotros tampoco habrá esa reacción. Que habremos dado un paso más en dirección hacia el sumiso rebaño. No debiera extrañar. Cuando un prisionero es liberado de la cárcel donde estuvo injustamente detenido, pocas veces protesta por lo acontecido. Frente a su libertad solo piensa en abrazar a su gente y vivir lo que en su encierro añoraba.
SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 73 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería el&eacu
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