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Recordando a Muso

Por qué fallan los gobiernos
Fecha de Publicación: 02/05/2020
Tema: Economía
 

Este artículo fue publicado originalmente por su autor, Manuel Ayau Cordón en el diario Prensa Libre, el 9 de octubre de 2005.


La ortodoxia (opinión o creencia tenida por correcta y verdadera) prevaleciente en política económica ha sido un fracaso. Hay que cambiar.

Por el año 1948 después de la II Guerra Mundial, Alemania no salía adelante. A pedido del gobierno de Estados Unidos, un equipo de prestigiosos economistas (Heller y Hansen, Univ. de Harvard), propusieron un plan de recuperación basado en ideas intervencionistas y reguladoras de la economía que es la ortodoxia hasta la fecha.

Contaba el ministro de Economía, Ludwig Erhard que después de leerlas las tiró a la basura in toto (según sus propias palabras). Un viernes eliminó los controles de precios, salarios y de cambios, impuestos por el ejército de ocupación.

El comandante de ese ejército, General Clay, lo llamó y le dijo que sus asesores le decían que lo hecho era sumamente peligroso. Erhard respondió, “qué curioso: lo mismo me dicen mis asesores”.

Erhard liberó la economía y surgió el llamado Milagro Económico Alemán.

Otros países como Francia, Inglaterra e Italia quienes, según recuerdo, recibieron más ayuda (per cápita), duraron mucho tiempo en recuperarse. Inglaterra entró en crisis debido a la socialización de su economía, que duró hasta que llegó Thatcher y revirtió el proceso.

Los fracasos económicos de los gobiernos de América Latina son evidentes. Y para mayor desgracia, también han sido incapaces de disminuir el crimen. La decepción con la democracia se generaliza más y más.

Todo ello a pesar de la ayuda económica internacional. Regalan más dinero (billones de dólares acumulados hasta la fecha), perdonan deudas, elaboran estudios, financian publicaciones, foros y conferencias, mandan toda clase de asesores acompañados de dinero para persuadirnos de adoptar sus recetas. Nos inducen a pasar redundantes leyes para “componer” todo lo que les parece descompuesto, y creen que tirándole más dinero a los problemas se van a componer.

¿Resultado? Sigue la endémica pobreza. En cambio Chile, así como Taiwán, salió adelante cuando le quitaron la ayuda. Ya es hora de ponderar la pregunta, ¿casualidad o causalidad?

Los gobernantes generalmente saben de política y poco o nada de economía. Cautelosos confían en expertos nacionales o extranjeros o en hombres de negocio que por ser exitosos creen que saben de economía. Piensan que un país se maneja como un negocio. Comparten la cultura económica intervencionista, la moderna ortodoxia, que también ha dominado las agencias de ayuda. Es imposible, por tanto, no concluir que he ahí, en los consejos económicos intervencionistas ortodoxos, la causa del fracaso.

Ante la falta de resultados, los asesores nuevamente repiten, hasta con la misma retórica, que hay que tener paciencia y, por supuesto, subir los impuestos para tapar el enredo. Los presidentes no se atreven a contradecir y hacer lo que aconseja el sentido común porque le dicen “no es tan sencillo”, “así no se hacen las cosas”, “¿dónde lo han probado?”, “es muy arriesgado”…

Sin embargo, los países que han salido adelante son precisamente los que con audacia no han hecho caso a la prevaleciente ortodoxia: Chile, Estonia y sus vecinos, los Tigres asiáticos, Irlanda, Nueva Zelanda y algunos otros.

La respuesta es siempre, “aquí no se puede porque es diferente”. Los presidentes se dejan llevar por sus asesores y fracasan ―unos más que otros―, corre el tiempo y terminan sus períodos. No tienen confianza ni en su sentido común ni en la instintiva audacia que los llevó a la Presidencia y, ante su impotencia se convierten en limosneros internacionales.

Lo único que siempre funciona es el liberalismo, la libertad individual respetuosa de los derechos de los demás, que de paso fomenta la responsabilidad, la moral, la diligencia y la cooperación pacífica. Las recetas intervencionistas ya se probaron. Toca ahora probar la libertad.