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Meditaciones sobre actuación presidencial y mortal peligro viral
Fecha de Publicación: 15/04/2020
Tema: Coronavirus
Temo más a las decisiones presidenciales que intentan combatir el nuevo coronavirus, que al coronavirus mismo.

El Señor Presidente advierte que “lo peor viene”, y no sé si eso peor son sus próximas decisiones. En cualquier caso, no sabemos qué es eso peor que viene. Solo él lo sabe. Es su gran secreto. Y quizá cuando advenga “lo peor”, nos diga jactanciosamente: “Les advertí que lo peor venía. Tienen que admirar mi divino don profético.”

Tengo la impresión de que el Señor Presidente quiere ser el exclusivo héroe que nos salvará de la crisis viral; y por ello rehúsa acudir a una benéfica cooperación de países que combaten exitosamente el coronavirus. Su pretensión de exclusivo heroísmo es peor que el virus que nos amenaza.

El nuevo coronavirus realmente ya no me preocupa. Me preocupan las acciones presidenciales. Y creo que el problema actual no es ese virus. Es el señor Presidente.

Se me preguntará: “¿Y usted qué haría?” Empero, el problema no es qué haría o qué no haría yo. El problema es qué hace y qué no hace aquel que tiene todo el poder del Estado para hacer o no hacer en esta crisis viral.

Se me advertirá que nadie esperaba la presente pandemia viral. Por supuesto, yo no creo que el nuevo coronavirus tendría que haber tenido la cortesía de anunciar públicamente que surgiría, y que se propagaría en el mundo, y que debíamos prepararnos para sufrirlo; y que nos otorgaba un sensato plazo de diez o veinte años para tal preparación. La cuestión no es que una vasta catástrofe sea impredecible. La cuestión es actuar de la manera más eficaz cuando tal catástrofe ha advenido, y no actuar de la peor manera, que, por supuesto, incrementa la magnitud de la catástrofe.

Algunos ciudadanos acusan al virus de causar males que no son propios de él. Son males propios de las acciones presidenciales. Aludo, por ejemplo, a la innecesaria reducción de la producción económica de bienes y servicios, el colapso de empresas, la cesantía laboral y el cuantioso y absurdo aumento de la deuda pública, y el aprovechamiento corrupto, o ilícito, o inmoral, de los recursos obtenidos de esa deuda. La crisis viral habrá servido para agregar decenas o centenas de ricos engendrados por una impune corrupción.

Somos más víctimas de una demencial actuación presidencial, que del ominoso poder destructivo del nuevo coronavirus.

Algunos ciudadanos invitan a implorarle a Dios que nos salve de la catástrofe viral. Yo les sugiero que inviten a implorarle a Dios que nos salve del Señor Presidente.

Se me impone una obligada esperanza: inmediatamente el Señor Presidente disfrutará de una súbita iluminación milagrosa; desistirá de ser el exclusivo héroe salvífico; le concederá alguna importancia al bien de los guatemaltecos, transformará su actuación para lograr una óptima combinación de protección de la salud de los ciudadanos y de continuación de la necesaria actividad económica; y acudirá a los mejores del mundo para que cooperen con nuestra patria en combatir el virus.

Post scriptum. Y entonces será posible atisbar una respuesta a esta modestísima pregunta: ¿Hacia dónde vamos? Y la respuesta probablemente ya no sería esta: hacia el abismo, conducidos piadosamente por el Señor Presidente.