ENSAYOS >
Título:     Tema:     Autor:    

Mi Esquina Socrática

América, la bella
Fecha de Publicación: 13/04/2020
Tema: Historia
Así le cantó una maestra de inglés a su patria a fines del siglo XIX, en plena guerra contra España por la liberación de Cuba:
 


¡Oh, hermosa por cielos espaciosos
Por olas doradas de granos
Por majestuosas montañas color púrpura
Sobre la llanura llena de frutos!


Como pieza musical, y también por su lírica, la prefiero al himno oficial de ese país. Además por su estrecha relación con el movimiento por la libertad de Cuba que encabezaba en esos momentos un refugiado hispanoamericano de la máxima talla literaria, José Martí.

Pero América para aquel entonces ya era un término ambiguo: ¿solo la del Norte o también la del Sur?

Pero a esa potencia mundial durante el último siglo y medio la han puesto ahora de rodillas el entrecruce de dos fenómenos: uno de índole política, la socialdemocracia de origen europeo pero radicalizada hoy por los jóvenes del Partido Demócrata norteamericano. Y ahora el otro de naturaleza biológica, el coronavirus, importado de la China situada ideológicamente a toda izquierda posible según los parámetros geopolíticos de este momento.

La animadversión típica desde principio del siglo XX que ha caracterizado a algunas tendencias culturales en nuestra América otrora católica y romana e hispanoparlante, la han vuelto a la vida en nuestros días, y con aun mayor vehemencia, la multitud de los afines al pensamiento de Fidel Castro.

Pero tampoco solo él. Desde muy atrás el mismo mundo anglosajón de este lado del Atlántico la estimuló indirectamente con aquel su lema político de mediados del siglo XIX y muy fácil de mal interpretar de un “Manifest Destiny”, que tan a la letra también supo traducir a los hechos Teodoro Roosevelt a principios del siglo XX, con sus reiteradas incursiones de fuerza por el entero Caribe, sobre todo para hacerse de Panamá, una provincia entonces de Colombia, y construir allí el no menos famoso canal Interoceánico, que desde entonces quedó bajo el absoluto control de los sucesivos gobiernos norteamericanos hasta 1999.

Inclusive este fenómeno emocional a su turno nos hiere históricamente desde mucho más atrás.

Y todo ello alimentado remotamente por una multisecular antipatía recíproca entre Inglaterra y España. Ya muy envenenada en particular a partir de la Reforma Luterana y del divorcio sentimental de Enrique VIII y de su españolísima esposa Catalina de Aragón.

A ello también hubo de añadirse la subsiguiente competencia imperial entre ambos países que culminó en su momento en la derrota de la Armada “Invencible” española en 1588. Y más tarde aún más enconada por el robo del peñón de Gibraltar que hizo Inglaterra durante los confusos años de la Guerra de Sucesión española de principio del siglo XVIII.

A todo ello, habría de sumársele el evidente apoyo subrepticio de los sucesivos gobiernos liberales británicos que tanto hubieron de coadyuvar indefectiblemente a nuestras independencias respectivas de las colonias ibéricas en nuestra América.

Por si ello hubiera sido poco, para acabar de envenenarlo todo, habrían de añadírseles los posteriores choques reiterados entre los Estados Unidos y el México hispano ya para aquel entonces independizado de España, a partir de aquella declaración de James Monroe de 1823 sobre la exclusión definitiva y absoluta de toda posible intervención europea en asuntos de Hispanoamérica.

El problema resultante está en las interpretaciones divergentes de los términos “América” o “americano”. Porque a nosotros, los hispanoparlantes de las Américas (el plural aquí es muy importante), el término América es obviamente equivalente al del entero “Nuevo Mundo” descubierto por Cristóbal Colón en 1492 bajo el pendón de Castilla. Mientras que para el norteamericano común y corriente de hoy, en cambio, ese mismo término “América” lo tiende a restringir tan solo al tiempo transcurrido desde el triunfo del liberalismo anglosajón en la América del Norte, esto es, al momento de la Declaración de Independencia de trece colonias británicas el 4 de julio de 1776.

Según ellos, que no nosotros, aquel fue el momento de veras decisivo en el que nació toda nuestra América a la vida soberana en el concierto de las naciones libres. La hazaña de Colón y todo lo logrado por Castilla en los dos siglos subsiguientes no les ha sido a ellos de tanta relevancia como lo ha sido siempre para nosotros, los hispanoparlantes.

Y, repito, tales apreciaciones en el Norte y en el Sur sobre lo que constituye la esencia de América sufrieron un giro todavía más maligno con esa Doctrina triunfalista del “Manifest Destiny”.

Tal idea fue incluida por primera vez en un artículo intitulado por su autor el norteamericano John O"Sullivan: “Annexation”, en 1845 en la revista “
Democratic Review” de Nueva York.

La tal “Annexation”, suponía que los Estados Unidos, más allá de su ya consolidada victoria sobre México, habrían un día de expandirse por otros territorios menos eficientemente gobernados a sus ojos como, por ejemplo, los de la Cuba de entonces, de Nicaragua o de Puerto Rico. Y esto les era evidentemente manifiesto.

Solamente hasta 1934, tras la promesa de Franklin D. Roosevelt de no más intervención en nuestros asuntos empezaron a calmarse las aguas que habían ensayado definir el significado último del término “América”.

Pero no del todo.

Tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) surgió en 1959 otra vertiente del viejo reclamo nuestro: que los formuló a gritos Fidel Castro, precisamente cuando las relaciones entre su nativa Cuba y el gigante del Norte estaban en su mejor momento.

Y así nos hallamos hoy congelados de nuevo en dos campos antagónicos: esta vez los del irredentismo socialistoide al Sur y los del republicanismo liberal al Norte.

Hoy casi ninguno entre nosotros, los meridionales, espera alguna mejora para todos de la visión socialista. Pues tantos fracasos de Castro, Maduro y Ortega, sumados a los de el Chile de Allende o del México de Lázaro Cárdenas, y otros muchos más medios olvidados, no dejan lugar a dudas: el colectivismo “socialista” no ha de sernos el futuro.

Pero ahora resulta que la protesta de izquierda ha cambiado fundamentalmente de escenario: ya no se concentra en el Caribe; tampoco en la Europa desde la caída del muro de Berlín y la consiguiente disolución del bloque soviético. Ahora el frente corre sorprendentemente desde los Ángeles y de Seattle hasta Nueva York y Chicago, o sea, dentro de los mismos Estados Unidos. A eso se reduce hoy este último enfrentamiento en el año 2020: Entre un Donald Trump por un lado, tradicionalmente muy vigoroso y por el otro un Partido Demócrata tan decadente como aturdido.

Se supone que el próximo tres de noviembre el pueblo norteamericano escogerá su posición ideológica definitiva entre esas dos aspiraciones políticas heredadas en nuestra América de los restos de un imperialismo y antiimperialismo ya superado.

Ambas son alternativas, como todas, con sus luces y sus sombras, pero una de ellas, la ejemplificada en la persona de Donald Trump, me parece mucho más realista y prometedora de bienestar y de libertad que la otra tan arcaica y tan juvenilmente ignorante.

Estimulante manera de comenzar el año, muy aparte del desastre biológico que nos causa el coronavirus.