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Coronavirus y errores
Fecha de Publicación: 12/04/2020
Tema: Coronavirus
Una opinión crítica que expuse recientemente sobre las acciones que el presidente Alejandro Giammattei ha emprendido para prevenir o combatir el nuevo coronavirus, fue ocasión propicia para que quienes me atacaron por tal opinión, exhibieran lúcidos errores.

Menciono algunos errores. Omito cualquier expresión con la cual el atacante vanamente intentó ser ofensivo o insultante. Vanamente, porque no le adjudiqué ninguna calidad intelectual o moral que lo dotara de poder para ofenderme o insultarme. ¡No le otorguéis a cualquiera el privilegio de ofenderos o insultaros!

Primera error. “Usted no es un experto en el nuevo coronavirus”. ¿Quién puede pretender ser un experto en aquello que ocurre por primera vez en el mundo, y de manera impredecible y catastrófica?

Ni el mejor científico de la ciencia genética, ni el mejor ingeniero genético, ni el mejor infectólogo del mundo, ni el mejor presidente de una nación, podría pretender tal expertaje.

Entonces, ¿cómo se pretende que yo crea arrogantemente tener ese expertaje? ¡Ni aún soy experto en mí mismo!

Segundo error. “Usted propone conocer la experiencia de los países que han tenido más éxito en prevenir y combatir el nuevo coronavirus; pero entre esos países y el nuestro hay una gran diferencia.”

Presuntamente, yo ignoraba esa diferencia y, aplicando el principio lógico de identidad, yo creía que había identidad entre Guatemala y, por ejemplo, Alemania.

Y por tal diferencia, no deberíamos, entonces, conocer la experiencia de aquellos países, y tratar de adaptarlas a nuestras propias circunstancias, sino que tenemos conocer las experiencias de países tan subdesarrollados como el nuestro; por ejemplo, Nicaragua, Honduras, Haití y Nigeria.

Es decir, si intentáramos fabricar automóviles, no tendríamos que conocer la experiencia de las mejores industrias automotrices europeas, sino la experiencia que, en fabricación de carretas, tienen nicargüenses, hondureños, haitianos y nigerianos.

Tercer error. “¿Qué ha hecho usted por Guatemala?” Es decir, se supone que nada he hecho, y entonces debo abstenerme de criticar al presidente Giammattei. Empero, ¿por qué mi atacante tiene que saber qué he hecho o no hecho por Guatemala?

¿Pretende, luego de ser informado sobre lo que he hecho y no he hecho, juzgar que mi opinión es correcta o incorrecta? Por supuesto, ¿qué le importa, al atacante, lo que he hecho o no hecho por Guatemala? ¿Y qué me importa a mí qué ha hecho o no hecho el atacante, para que yo declare que su ataque tiene o no tiene validez?

Quiénes plantean tal pregunta actúan como un fabricante de máquinas lavadoras, a quien un ama de casa le reclamara por un defecto de funcionamiento de la máquina que ella adquirió; y entonces él planteara estas preguntas: “¿Y usted qué propone? ¿Qué ha hecho usted por la industria fabricante de máquinas lavadoras? Si nada ha hecho, no puede decir que son defectuosas.”

Cuarto error. “El presidente está haciendo su mejor esfuerzo por evitar una mayor catástrofe viral”. Pero lo que yo discuto es, no el esfuerzo, que ha de ser titánico, sino la eficacia de ese “mejor” esfuerzo. El esfuerzo eficaz no es meramente “mejor esfuerzo”.

Un trabajador puede “abrir una zanja” con una piocha. Y puede estar haciendo su “mejor esfuerzo”. El problema es que puede emplear un medio más idóneo para “abrir” la zanja. Por ejemplo, puede emplear una máquina excavadora. Se objetará que el trabajador no debe pensar en una máquina excavadora, porque es pobre; y por eso tiene que persistir en emplear la “piocha”. Supongamos que es así. ¿Hay que prohibirle a ese mismo trabajador que por lo menos sepa que una excavadora es mejor que una piocha?”

He propuesto que el presidente Giammattei conozca la experiencia de los países que tienen más éxito en prevenir y combatir el nuevo coronavirus. Es decir, he propuesto que conozca máquinas excavadoras, que puedan sustituir a las piochas, y que por lo menos sepa que “su mejor esfuerzo” puede no ser meramente “mejor esfuerzo”, sino esfuerzo eficaz.

Quinto error. “En la prevención y el combate del nuevo coronavirus, no nos comparemos con países desarrollados”. Es decir, debemos compararnos con países igualmente subdesarrollados.

Es más: tendríamos que compararnos con los más subdesarrollados del mundo, y hasta imitarlos, de modo que seamos más legítimamente lo que somos: subdesarrollados.

No tendríamos que conocer la experiencia, por ejemplo, de Singapur, sino la experiencia de Haití, Venezuela o Cuba. Y si descubriéramos que podemos emprender una acción exitosa similar a la del país desarrollado que ha tenido más éxito, deberíamos desistir de emprenderla, porque estaríamos comparándonos con un prohibido país desarrollado.

Sexto error. “¿Y usted quién es?” ¡Imagínese usted que cada vez que yo opinara críticamente sobre actos presidenciales, tuviera que informar acerca de quién soy yo!

Adicionalmente, yo tendría que admitir que él tiene la autoridad de preguntar quién soy yo; pero yo no tendría la autoridad de preguntarle quién es él. Y el atacante supone que su juicio sobre la opinión que he expuesto depende de que él sepa quién soy yo.

Si le digo que soy un mendigo, dictaminará que mi opinión no tiene importancia alguna, y es una estupidez; pero si le digo que soy un millonario que puede comprarlo a él mismo, dictaminara que mi opinión tiene suma importancia, y es una genialidad. Y me ofrecerá su amistad; oferta intrínsecamente corrupta, que me apresuraría a despreciar.

Séptimo error. “Usted escribe con el hígado”. No sé si escribo con el hígado, o con el páncreas, o con los riñones, o con una mano, o con un computador. O quizá con una pluma de ganso y tinta de pulpo.

Lo que sé es que debe juzgarse, no el estado anímico que puedo tener cuando escribo, sino la validez o no validez de la opinión que expreso.

Por ejemplo, yo, encolerizado, podría opinar que el presidente Giammattei es incompetente para conducir a Guatemala en el estado actual de crisis viral; pero esa opinión podría no ser válida, aunque yo la expusiera cuando fuera prisionero de un extático estado de serenidad racional, inmune a cualquier perturbación emocional.

Octavo error. “Usted cree que los guatemaltecos tienen la disciplina de los países desarrollados que están teniendo más éxito en prevenir o curar el nuevo coronavirus.”

El guatemalteco que emigra, por ejemplo, a Estados Unidos de América, adopta inmediatamente la disciplina que requiere residir en esa nación. Y en Disney World, o en Epcot Center, he observado que el guatemalteco es tan disciplinado como un japonés, un taiwanés, un alemán o un francés. También observo, en mi propio país, que en los parques del Instituto de Recreación de los Trabajadores, los guatemaltecos son disciplinados.

El guatemalteco que sabe cuáles son las normas que deben regir su conducta; y que sabe que hay una autoridad que puede actuar coercitivamente para que cumpla las normas; y que sabe, con suma certeza, que será castigado si las incumple, es un guatemalteco tan disciplinado como un ciudadano de Alemania, de Japón o de Singapur.

Si, en nuestro país, no hay autoridad ni certeza de castigo por incumplimiento de la norma, el guatemalteco será indisciplinado; pero también lo será un japonés, un taiwanés, un alemán o un francés.

Post scriptum. Por cortesía he hablado de errores; pero presiento que, en algunos casos, son algo más que errores.