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Teorema

Principios y valores diferentes
Fecha de Publicación: 07/03/2020
Tema: Valores
A propósito del señalamiento de niños que trabajan cortando café


Su pasaporte lo identificaba como Hvitserk Ólafsson, pero nadie en Guatemala pudo jamás pronunciar su nombre sin sentir que estornudaba. Aquella mañana, recién llegado, el empleado de la pensión se sintió aliviado cuando escuchó su apellido y lo relacionó con una conocida caricatura. Se lo dijo y, desde entonces, se presentó como Olafo y fue bajo ese nombre que se identificó después.

Llegó a Guatemala a fines de los 70’s. Casi de inmediato, mochila al hombro, se trasladó a Panajachel que entonces ofrecía excelentes condiciones al turismo pobre. Fue allí, en Pana, donde sostuvo la conversación que cambiaría el rumbo de su vida.

El viejo pescador le había confiado que su anciano padre había enfermado. Olafo le sugirió llevarlo a un asilo. Pudo ver con claridad como se endurecía la cara aquel hombre a quien, sin intención de hacerlo, había ofendido. Se disculpó mientras el otro movía la cabeza negativamente.

El pescador respondió que eso no estaría bien. Que no lo aceptarían ni su padre, ni sus hermanos; ni él, ni la comunidad donde vivían. Que para eso estaban ellos. Agregó que su progenitor los había cuidado de niños. Les había enseñado a trabajar; les había prodigado pan, techo y un hogar; consejos, normas de conducta, su tiempo de ocio y su amor. Ahora debían retribuirlo. Así lo ordenaba el código de la familia guatemalteca, una vieja ley que nadie había escrito.

Olafo razonó, buscando sustentar su lógica escandinava. Recibió una lluvia de argumentos semejantes. Se sintió apabullado, pero su asombro fue mayor cuando supo que en Guatemala prácticamente no existían asilos para ancianos. Un documento serio que leyó después indicaba que, de haberlos, sus servicios tendrían poca demanda. Extraño país el de estos pequeños mayas, pensó entonces.

Olafo había aceptado el cambio de nombre gustoso. Sentía que lo hacía más simpático y que se ajustaba mejor a su personalidad bonachona. Esa noche se fue a meditar a la orilla del lago, a disfrutar la música que hacen las olas cuando desgastan las piedrecitas. Pensó en sus padres. Su madre se había suicidado. Hacía mucho que no sabía de su padre, quien ignoraba que estuviera aquí, tan lejos. La última vez, lo había visitado en el asilo donde estaba recluido.

Recordó su infancia, la guardería, los uniformes, la disciplina... Había sido infeliz. Un funcionario se había hecho cargo de él. Lo recordaba con un sombrero alto metido dentro de un abrigo negro, grueso y raído. Se comparó con el pescador y descubrió que admiraba la imagen que el otro tenía de su padre y de su familia, tan distinta de la suya. El lago, la luna, el frío de la noche... nunca entendió por qué, pero no consiguió reprimir los deseos de llorar entre sollozos.

Sintió cierta forma de envidia de aquel pescador que había sido  alimentado con calor de hogar y la certeza de pertenecer a una familia. Dentro de su pobreza había recibido de sus padres, caricias, atenciones y cuidados. Se había sentido protegido y amado. Le habría faltado pan, pero no cariño. Él nunca había conocido esa sensación. No sabía qué se sentía, pero estaba seguro de que era valioso. Realizó que era algo que había perdido por siempre.

Poco después, una madrugada en Todos Santos, vio a un niño, machete bajo el brazo, siguiendo a su padre que caminaba rápido sobre la vereda. Averiguó que iban a trabajar la milpa, que el niño tenía unos diez años y que, como otros del lugar, no asistía a la escuela. Olafo se indignó ante la explotación que aquel padre que ponía a trabajar a su hijo. Pensó que debían encarcelarlo.

Otra vez, regresando de conocer el cementerio del Arco, en las Cruces de Pachilip, Joyabaj, se cruzó con un cortejo que llevaba en hombros una pequeña caja blanca. Preguntó la causa del deceso, le dijeron que una diarrea de diez días se había llevado a la criatura. A sus padres debieran condenarlos por darle agua de masa de maíz en vez de sueros de rehidratación, consideró Olafo.

Fue un par de meses después, cuando visitaba San Francisco el Alto, cuando conoció a un anciano que tenía reputación de sabio. Aquel hombre lo recibió con amabilidad. Le contó que en su juventud había vivido unos años en Boston, Estados Unidos. Había decidido regresar dejando allá un buen trabajo en una Universidad donde al principio trabajaba como jardinero. Tuvo varios ascensos. A petición suya, algunos profesores le permitían entrar a clases y más de una vez le preguntaron sobre los temas que estaban explicando. De allí, que sabía un poco de todo.

Había decidido regresar porque no había pasado un solo día sin que añorara su Guatemala. Le había hecho mucha falta la gente, las costumbres, las comidas y especialmente los matices de verde que se presentan todo el año.

Olafo le contó lo que había visto en Todos Santos y Joyabaj, así como sus conclusiones. El anciano sonrió comprensivo, pero en vez de apoyar sus ideas le dijo que estaba equivocado. Agregó que, en todo el país, pero más dentro del pueblo indígena, el trabajo es un valor. Que el hombre que no sabe trabajar es despreciado en su comunidad. Que corresponde al padre enseñar a trabajar a los hijos. Que el niño que había visto no estaba siendo explotado. Su padre lo preparaba para una vida, acaso pobre, pero honrada y digna. Le aseguró que esos atributos eran más importantes que saber leer.

Agregó que los padres del niño muerto en Todos Santos por diarrea tenían tanta responsabilidad en esa muerte, como otros en Europa, cuyo hijo muriera por leucemia. Tanto unos padres como los otros  ̶̵̵ agregó ̶̵̵ sólo son responsables por la muerte de sus hijos, en la medida de su conocimiento y el de su entorno. Más allá no. Algún día nosotros sabremos cómo tratar las enfermedades que hoy ustedes ya controlan. Tal vez entonces ustedes ya sepan curar el cáncer.

Terminó diciendo que lo visto esa semana en Todos Santos, sucedía en todo el país. Que lo mismo había acontecido en países escandinavos muchos años atrás. Necesariamente hubo un pequeño Olafo siguiendo a su padre para labrar la tierra  ̶̵̵ dijo. Agregó que fueron esos niños, al volverse hombres, quienes fundaron los países de Europa y crearon el bienestar que ahora disfrutan.

Le explicó que todo lo que él había hecho era observar, en primera fila, el significado de pobreza y subdesarrollo. Le aseguró que ni la miseria ni el atraso se remedian convirtiendo a los padres en criminales y encarcelándolos. Dijo que, si bien el desarrollo y el progreso vienen agarrados de la mano del conocimiento, cuando se trata de una persona puede tomar solo tres generaciones para que surja el primer nieto graduado en la Universidad y dos o tres generaciones más hasta llegar a aquella donde se gradúen todos los descendientes. Cuando se trata de un pueblo entero, de una nación los plazos son mucho mayores. La Naturaleza no da saltos, avanza pausadamente, le aseguró.

Aceptó que había explotación infantil, pero le informó que esta no se manifestaba en el campo. Que sucede principalmente en la ciudad. Entre los niños de la calle, los que se prostituyen o piden limosna.

En el campo, los niños no venden periódicos, no cortan la grama no cuidan a niños menores por dinero, ni lavan carros, como en las ciudades de los países desarrollados. No lo hacen porque no hay grama, no hay carros ni periódicos y las madres cuidan a sus hijos con la ayuda de los hermanos. En los países pobres, los niños del campo trabajan con sus padres en la milpa, cuidan de los pollos o dan de comer a los cerdos. En las familias más pobres, las que no tienen tierra propia, los niños cortan café en las fincas o ayudan a recolectar legumbres en los huertos. Unos y otros ayudan a cuidar a sus hermanos menores.

Más adelante, en esa conversación, le hizo comprender la importancia de encontrar felicidad en medio de tanta pobreza. Olafo tuvo que reconocer que ninguno de quienes había conocido, parecía sufrir depresión o neurosis. Ni siquiera conocían el estrés. Recordó que la frente de esas personas estaba libre de arrugas. Que sonreían con facilidad y se mostraban dispuestos a ayudar a los demás. Olafo se preguntaba ¿Cómo puede haber tanta felicidad en medio tan grandes carencias?

El sabio le explicó que la fortaleza de su pueblo viene de la familia. Del amor recibido en la infancia. Que por eso habían conseguido sobrevivir sin saber leer ni escribir. Sin siquiera tener seguro el pan del día siguiente. Olafo aceptó la evidencia que tenía frente a sí. Pensó que aquellos, siendo pobres e ignorantes, en cierta forma tenían más que él con sus conocimientos y desarrollo social.

Allí nació su interés por la estructura de la familia guatemalteca. Por su orden espontáneo, natural. Por ese antiguo código que todos parecían respetar. A partir de entonces, preguntó y preguntó. Al principio todo le resultaba nuevo y extraño. Sin embargo, tenía la impresión de recordarlo. Como si antes, en alguna época, hubiera vivido una experiencia así.

Se mezcló con la gente del lugar y conoció a Antonia, con quien poco después se casó. Fundó una familia que ahora se rige por las normas de ese código natural. A pesar de lo peligroso de vivir en Guatemala y que conserva su nacionalidad, nunca quiso regresar permanentemente a su país.
SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 73 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería el&eacu
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