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Teorema

Nuestros contrastes
Fecha de Publicación: 29/07/2013
Tema: Guatemala

 

En nuestro país ¡Es tan corta la distancia que separa el frío del altiplano del calor de la costa! Podemos admirar hermosos paisajes en Atitlán, el Río Dulce o en las tierras frías; al mismo tiempo, condolernos por la deforestación de El Petén o presenciar con tristeza los ríos de la Costa, ahora con creciente dificultad para ofrecer vida.
Nuestra Guatemala guarda en su pasado la historia milenaria de la civilización Maya, de la cual nos enorgullecemos. Pero hoy, se muestra incapaz de ofrecer un porvenir digno a sus hijos. Exhibe su incompetencia para evitar que los ciudadanos busquen su futuro en otras tierras.
A los guatemaltecos nos encanta la marimba, los tejidos, los colores, las tradiciones, las leyendas, las ruinas y otros vestigios de las culturas indígenas. Pero no nos gustan los indios. Quisiéramos que lo creado por ellos proviniera de europeos. Nos incomoda nuestro mestizaje.
Nos enorgullece, por esa sola y absurda razón, cualquier ignoto antepasado proveniente de una remota aldea europea. Nos molesta reconocer que lo que tenemos, no viene de ese antepasado. Que sin los indios no seríamos lo que somos. Que mucho de lo verdaderamente nuestro, lo hicieron ellos. Que nuestra identidad es la suya.
En todo el país, pero particularmente en sus playas, se erigen palacios de personas que han hecho fortuna. Invariablemente, a pocos metros también se yerguen primitivos ranchos con piso de arena, paredes de bambú y techo de manaco.
En Guatemala, algunas personas curan sus enfermedades en clínicas de Houston, Boston o Miami. Al mismo tiempo, otros mueren miserablemente por falta de medicamentos o atención médica básica.
En ninguna tierra, como en la nuestra, los guardaespaldas y agentes de seguridad privada superan en número, habilidades, capacidad, preparación, eficiencia y equipo a los miembros de la policía nacional. En nuestro país, la inversión en seguridad es muy alta, pero no se hace a través del Estado y no llega a todos.
Antes se dijo que Guatemala era el segundo país de América latina en número de avionetas privadas por mil habitantes y que ocupaba el primer lugar en helicópteros per cápita. Al mismo tiempo, todos veíamos como si fuera natural, carretones tirados por bueyes en el campo, o carretas con frutas, verduras y otros productos que en las proximidades de los mercados eran jaladas personas, a veces por niños. Eso habrá disminuido mucho, pero aún existe, al menos en la memoria colectiva.
Poseemos una tradición musical enorme. Dieter Lehnhoff hizo resucitar cinco siglos de música filarmónica, coral, sinfónica y vocal guatemalteca. Toda de refinada concepción artística. Tenemos un instrumento propio con sonoridad deslumbrante. A pesar de eso, la gente escucha rancheras, baila cumbias y contrata grupos rockeros o música disco para sus celebraciones.
Una de cada tres mujeres mayores de 15 años no sabe leer ni escribir, entre la población masculina esa cifra se reduce a uno de cada cuatro (censo de 2002). En algunos municipios, el porcentaje de analfabetos aún se eleva a cifras francamente reñidas con este siglo. Al mismo tiempo, muchos guatemaltecos tienen educación superior y de primera clase. Algunos, incluso, complementaron sus estudios con honores, en Estados Unidos o Europa.
Las autoridades de educación insisten en afirmar que hacen falta escuelas y centros educativos en todo el país. Esto, a pesar de que algunos padres, afortunadamente cada vez menos, siguen sin enviar a sus hijos a clases porque consideran que su trabajo es imprescindible para el sostenimiento de la familia. Al no tener ellos educación, no consiguen valorarla ni comprender su verdadero significado ni la necesidad del sacrificio en favor de sus hijos. En contraste, los jóvenes universitarios de hoy, consideran insuficiente los estudios de licenciatura y se preparan en grados de maestría. El nivel académico de doctorado se ha convertido en una meta ambiciosa y ardua pero cada vez más frecuente.  
El desarrollo económico, social y cultural de Guatemala, comparado con el de otros países, es precario. Sin embargo, nuestra élite intelectual está bien dotada y compite favorablemente con la de los países desarrollados. Como nación, nos hemos acomodado a la idea de pertenecer al tercer mundo en vez de buscar la forma de desarrollarnos. Pensamos que algún día los países ricos y desarrollados se apiadarán de nosotros, y nos llevarán a ese sitio mágico, que por tradición y por historia nos corresponde. Vivimos esperando que fluya ayuda internacional; muchas veces, con la mano extendida.
Día a día, nos hemos ido acomodando al permanente aumento de la pobreza, al creciente deterioro de nuestra calidad de vida. Pareciera que hemos perdido nuestra capacidad para rebelarnos contra un sistema adverso. Muchos aceptan el discurso oficial que suele culpar a los ricos por nuestras penurias. O las denuncias de la izquierda diciendo que los norteamericanos pagan poco por lo que exportamos y cobran demasiado por lo que nos venden.
Señalamos la responsabilidad del Gobierno por una infraestructura física deficiente y servicios precarios de salud, educación y seguridad. Al mismo tiempo, evitamos, hasta donde nos es posible, el pago de impuestos. Somos gobernados por individuos que desconocen el éxito que se origina en el trabajo honrado. Muchas veces, por seres profundamente inmorales, corruptos y faltos de preparación. En algunas ocasiones, incluso, por hombres de naturaleza violenta y carentes de escrúpulos. Pareciera que no percibimos ese gran contraste entre gobernantes y gobernados. Como si olvidáramos que los gobernados, por lo general, somos ciudadanos pacíficos, trabajadores y honrados. Algunos, cuentan con una excelente preparación y son exitosos, honorables, íntegros y capaces. Pero la posibilidad de que uno de nuestros ciudadanos notables participe en la conducción del Estado es prácticamente nula.
Tenemos un Premio Nobel en Literatura pero la gente lee muy poco. Tenemos un premio Nobel de La Paz pero nos matamos los unos a los otros.

Y así, entre quejas, susurros y oraciones, se nos va la vida. 

SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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