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Beethoven, 249 años después
Fecha de Publicación: 15/12/2019
Tema: Arte
El 16 de diciembre del año 1770 nació, en Bonn, Ludwig van Beethoven. Fue bautizado el 17 de ese mismo mes. En el presente año, precisamente el día de mañana, 16 de diciembre, se cumplen, pues, 249 años del nacimiento de Beethoven. En noviembre de 1792 partió a Viena. Jamás volvió a Bonn. Al­gunos de sus contemporáneos fueron el músico Mozart, el filósofo Kant, los poetas Goethe, Schiller y Hoelderlin, y el emperador Napoleón. Según músicos como Héctor Berlioz, o musicólogos como Max Steinitzer y Donald Tovey, es el más grande músico que ha habido en toda la historia de la humanidad.

Hasta los 28 años de edad, Beethoven podía con­siderarse un artista afortunado, cuya impresionante evolución creadora cumplía con creciente asombro las predicciones de Mozart y Haydn, quienes habían conocido ya algunas de sus juveniles hazañas artísticas. Era un fantástico virtuoso del piano. Era famoso. Era admirado. Era un nuevo Mozart y un nuevo Haydn, y con quienes, constituía, según los vieneses, la “tríada divina”. Un mundo de gratísimas promesas surgía ante él.

En 1801, en una carta a su amigo Franz Wegeler, confesó: “Desde hace tres años mi oído se ha debilitado y puedo decir que llevo una vida des­dichada... Sólo Dios sabe lo que pasará.” Pocos meses después, abatido por una creciente sordera, intentó suici­darse, y hasta escribió su testamento. Finalmente, desistió del suicidio. ¡Cuán terribles e insospechadas batallas interiores se habrían librado en el alma apasionada del artista, que perdía un sentido tan esencial para su arte! Empero, decidió vivir.

A los 42 años de edad, cada vez más sordo, Beethoven escribió para él mismo estas palabras: “Ya no puedes ser hombre para ti. Sólo puedes serlo para los otros seres humanos.” Y en una carta a su amiga Marie Erdoedy, escribió: “Nosotros, mortales con espíritu inmortal, solo hemos nacido para el sufrimiento y la felicidad. Y uno podría afirmar que los más excelentes sólo logran la felicidad mediante el sufrimiento.”

La vida de Beethoven fue un idilio incesante entre el artista y su arte. En ese idilio, según confesó a su amiga Bettina Brentano, la música era “una inspiración divina y una me­dia­dora entre la vida de los sentidos y la vida del espíritu.” Con su poderosa in­teligencia artística, su fantástica sensibilidad, su soberana imagi­na­ción musical y su privilegiada potencia espiritual, Beethoven descubrió vastos continentes estéticos, de los cuales extrajo pre­ciosos tesoros, aun cuando ya no pudiese escuchar los sonidos del mundo ex­te­rior, y especialmente los sonidos que más le agradaban: los sonidos de los bosques, los campos, los arroyos, los pájaros, el viento y la lluvia.

Beethoven convirtió la música en la más completa expresión artística del ser humano. Sus obras musicales son un renacimiento permanente, una novedad constante y una resurrección continua de la vivencia estética. En verdad, sus obras son perfectas. Como parte de esa perfección, en ella todo es necesario y nada es accidental; y aquello que parece poco significativo, realmente posee una asombrosa significación. Es interesante que Beethoven, ya durante su misma época, haya sido comparado, no con otros músicos, incluidos Bach, Heaendel o Mozart, sino con grandes artistas de otro género; por ejemplo, Miguel Ángel y Shakespeare. Beethoven murió el 26 de marzo de 1827.

Me es imposible preferir una determinada obra de Beethoven, o preferir más una etapa que otra de su colosal evolución artística, que comienza con fascinantes tríos para piano y termina con impresionantes cuartetos para cuerdas, que son el máximo producto artístico de la humanidad. Disfruto tanto de una de sus obras de la edad juvenil, como de una de sus obras de la edad adulta. Unas y otras son parte esencial de un maravilloso universo estético. Y hubiérale dicho a Beethoven aquello mismo que Schiller le dijo a Kant: “le expreso, excelente maestro, mi emocionado agradecimiento por la benefactora luz que ha encendido en mí espíritu; agradecimiento que, como el regalo que me ha dado, no tiene límites, y perdurará eternamente.”

Post scriptum. Encuentro en la música única de este artista un manantial que me brinda una reno­vada frescura espiritual de la más elevada especie. Esa música es un jardín en el que permanentemente na­cen y renacen, con vida inagotable y fragancia cósmica, espléndidas flo­res que le confieren un sentido superior a mi vida.