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Mi Esquina Socrática

La rebelión de las masas
Fecha de Publicación: 27/11/2019
Tema: Filosofía
 
 Los eventos de los últimos meses en nuestra América y la crisis paralela en la otra América, la del Norte, con el vandalismo cultural de sus masas politizadas “democráticamente” como telón de fondo, me hace pensar que nos hallamos enfrascados de nuevo en un tiempo de transiciones, tal como al mismo aludiera Ortega y Gasset hace casi un siglo.

La, para mí del todo inesperada, crisis de la autoridad pública en Chile, me hace revisar muchos de mis supuestos y de mis expectativas para el futuro de las sociedades políticas de nuestros tiempos. También me siento como Ortega y Gasset impactado a mi turno por lo que él concluyó en llamar con tanto acierto: “La rebelión de las masas”.

Además me permito aludir a un hecho nuevo y parte integrante de la última de nuestras revoluciones muy humanas y tecnológicas: la de esa lógica digital masiva o, como más poéticamente se le ha calificado, de la “muerte de la distancia”.

Para Ortega, tal experiencia se identificaba plenamente con el fenómeno que le fue contemporáneo del “lleno” sociológico, es decir, de la presencia abrumadora y creciente de las grandes multitudes de participantes en cada cambio y en cada evento social.

Las evidencias para ello también se repiten ante nuestros ojos pero con más celeridad: por ejemplo, ese peligroso duelo de gigantes de hoy entre los Estados Unidos y la China continental, cada uno por su parte dotado de los suficientes arsenales para aniquilar con el poder atómico a la entera humanidad en cuestión de minutos.

Y todo ello, como lo creyó entrever Ortega en su tiempo, en manos de hombres que él conceptualizaría como de “mentalidad de masas”.

En último análisis, según ese mismo autor, esa por él denominada “rebelión de las masas” se deriva del hecho puntual de que para nosotros, los humanos, hoy todos gozamos de un universal derecho de acceso a cuanto avance y mejora se logre desde cualquier rincón del planeta.

Pues, “o todos hijos o todos entenados”, la raíz del “lleno”. Y así, el sacrificio del propio interés o del sentido de responsabilidad individual por nuestros respectivos futuros personales, han pasado a un segundo relativo plano ético o moral. Muy particularmente en estos tiempos ultramodernos de los vuelos espaciales…

Porque, como lo señaló Ortega: “Ya no hay protagonistas; solo hay coros”. Coros que menosprecian o critican rotundamente, por primera vez en la historia, a sus mismos directores y a demás autoridades.

Regresemos por un momento al tema de Chile: el país con la mejor Constitución Política y las mejores instituciones económicas en toda nuestra América, la envidia de todos los demás que aspirábamos a sumarnos a esa vanguardia de los hábiles y de los prósperos. Pues en menos de treinta días quedó descalabrado, emponzoñado, y se constituyó en una gigantesca decepción para el resto del mundo civilizado.

¿Cómo?

Por obra y gracia de las masas de adolescentes que lo quieren todo a la fácil, dado los inauditos progresos tecnológicos y sociales de nuestro tiempo. Una advertencia para todos, absolutamente todos los demás, dada la celeridad del posible contagio emocional de todos entre sí.

Lo veo, además, como una advertencia urgente acerca de las consecuencias ínsitas en el bienestar universalmente colectivo: pues quedamos convencidos de que todos tenemos derecho a todo y sin ninguna obligación de nadie hacia nada.

En otros tiempos, los hubiéramos identificado como niños majaderos, malcriados o como se dice en inglés, “Spoiled Brat”. Hoy, en cambio, algunos los suponen innovadores de vanguardia o sabios muy tempranos, dadas las promesas de las tecnologías más avanzadas que ellos dominan mejor que sus antecesores.

Otra vez, el encanto de toda utopía aun a costa de la sangre y de la vida de los demás, no, por supuesto, de las propias. Un maravilloso mundo nuevo que nos cae sin nuestro esfuerzo y nuestra perseverancia.

Tomás Moro, te quedaste atrás…

Aunque también otros más realistas, como Carlyle o como Toynbee, los interpretarían como los síntomas iniciales de la decadencia de cualquier cultura.

 Y tal como un reguero de pólvora, ese fogoso y posible contagio emocional ha servido de estímulo a otros movimientos de protesta social, como los de Ecuador, Bolivia y hasta en el remoto Hong Kong.

Y, encima, ¿cambios sin precedentes?

No lo creo, pero sí que nos aturden por sus complejidades. Dado lo muy único e inaudito en todas esas protestas, que hasta han incluido, entre otros hechos muy lamentables, la quema en vivo de una mujer policía en Chile.

En el entretanto, a quienes todavía no nos han llegado esos horrores, seguimos impasibles ante tales espectáculos desde lejos. Ausencia de toda solidaridad, como si no pudiera haber un mañana en el que podamos sufrir iguales desconciertos dolorosos…

Yo además lo consideraría todo ello como un acompañante lógico de esa insistencia en la gratuidad de los servicios de un “Estado benefactor”, tal como se evidencia en nuestros días en la campaña electoral del Partido Demócrata en los Estados Unidos.

Y por eso, nos creemos urgidos a satisfacer al instante toda pretensión de mejora para nosotros y sin costo alguno, tales como la educación o el cuidado de la salud que habrían de ser, según ellos, enteramente gratuitos por un Estado providente. Tal como ahora lo postulan en los Estados Unidos Elizabeth Warren o Bernie Sanders, entre muchos otros “Spoiled Brat”.

¿Acaso ya olvidamos que tales fueron las mismas promesas de Lenín, Stalin, Mao, Castro, Maduro u Ortega en sus tiempos respectivos y de tantos otros charlatanes?...

Probablemente sí, como de todo lo supuestamente fácil, cómodo y gratuito.

Creo, por eso, que nuestros maestros de secundaria y nuestros catedráticos universitarios, cualquiera que sea, nos están fallando a todos al intentar transmitirnos conocimientos de nuestra historia universal. Sin contar a quienes se atreven a ofrecernos para nuestros hijos y nuestros nietos ser adicionalmente sus mentores en las ramas de la economía, de la ética y del civismo.

Y así, lamentablemente mentir se nos ha vuelto hábito fácil para casi todas las facetas de nuestra conducta y lo descuidamos porque no es de nuestra responsabilidad sino, en todo caso, del Estado llámese bolivariano, populista o socialista “del siglo XXI”…

Y encima, todo lo anterior se nos filtra a través de medios de comunicación que fabrican sus noticias a los precios de sus mejores postores.

¡Viva la juventud!

O acaso más bien ¿Viva Hollywood?...