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Teorema

Fiesta taurina en Washington
Fecha de Publicación: 06/11/2019
Tema: Política
 
La lidia de toros consta de tres etapas. En la primera, los picadores (toreros a caballo) debilitan al animal hiriéndolo con una pica su cuello. Después, los banderilleros perforan su cuerpo haciéndolo perder reflejos y cansándolo. El novillo sangra. La última fase corre a cargo del matador quien lo torea y termina quitándole la vida con una suerte de espada llamada estoque cuya punta curva, llamada muerte penetra su piel.

Para nadie es un secreto que el Partido Demócrata en Estados Unidos está pasando por los peores momentos de su historia. Le está yendo casi tan mal como a los laboristas ingleses. Esto, pese a que sus contrapartes no tienen grandes líderes. Ni Trump ni Johnson gozan del prestigio y apoyo popular que en un momento tuvieron Reagan y Thatcher, por ejemplo

Trump está lejos de ser un político simpático. Su integridad como persona y como dirigente ha sido puesta en duda varias veces, incluso antes de ser candidato presidencial. Siempre fue un personaje polémico, discutible, controversial… y sin embargo exitoso. Mucho de lo que se dijo de él, posiblemente era falso pero siguió una estrategia poco común. En vez de desmentir acusaciones sobre fraude y evasión fiscal, o de contrarrestar señalamientos de racismo o xenofobia, en lugar de denegar 19 cargos por acoso sexual, Trump se escabulló permitiendo dudas sobre él. Su estrategia parecía haber dado buenos resultados.

Después de ganar la elección y convertirse en Presidente de los Estados Unidos, Trump ha mantenido presencia pública permanente en los diarios de ese país y del mundo entero. Se trata del personaje más conocido en el orbe, en todos los tiempos. Ningún dirigente político, ningún artista, atleta, científico… Nadie tiene tanta presencia pública como Donald Trump.

Quienes lo detestan son, en número, más que quienes lo aman. Fuera de los extremos sucede algo parecido, en el grueso de la gente, su presencia física genera antipatía, recelo, desconfianza... Pero la mayoría reconoce sus logros en la conducción del país. En particular, en temas como la producción y el empleo. La creación de nuevas plazas de trabajo es un mérito suyo indiscutible. Sus detractores lo aceptan a regañadientes, dicen que ese progreso no podrá mantenerse en el tiempo.

Fuera de EUA, la percepción del público sobre Trump es aún peor, francamente mala. Impuso barreras arancelarias contra sus aliados en Europa, Japón y el mismo Canadá. Dejó sensación de abuso; de niño grandote que quita la merienda y hostiga a los más pequeños. En América Latina, en nuestra Guatemala, ha sido aún peor.

Amenazó nuestras exportaciones, causó miedo en quienes reciben remesas de sus parientes, exhibió intolerancia contra connacionales migrantes ya establecidos y sus niños; algunos fallecieron estando bajo detención y resguardo de autoridades migratorias. Doblegó a nuestro gobierno hasta humillar a sus dirigentes haciéndolos aceptar convertirnos en un Tercer país seguro –con otro nombre. Muchas ofensas innecesarias e insultos generalizados…



Lo hemos tenido que soportar con estoicismo. Dicen que cedimos ante la amenaza de suspender la ayuda a nuestro país, pero no es verdad. Cedimos ante la posibilidad de nuevos atentados contra nuestra soberanía. Ante el riesgo de tener a un nuevo Robinson (Procónsul de Obama) en nuestro suelo mientras, inermes, veíamos el ultraje limitándonos a tomar nuestras propias manos.

Si las elecciones fueran hoy Trump seguramente las ganaría. Con poco margen pero vencería. Dentro del Partido Demócrata ningún candidato da la talla para enfrentarlo con éxito. A un año del 3 de noviembre de 2020, los demócratas saben que no podrán construir una figura ganadora.

Descartando la opción de ganar a Trump con un candidato que lo supere ampliamente, en todos los órdenes, el plan B es alternativa es reducirlo por debajo de quienes hoy disputan la candidatura por ese partido. La estrategia es el juicio político en la Cámara de Representantes. Algunos piensan que podría salir bien librado de tal juicio. Creo que se equivocan, que su única oportunidad de conservar la presidencia no le conviene.

El juicio ya fue aprobado y estar por empezar. Un componente de la mayor importancia que también consiguieron fue lograr que las audiencias fueran públicas. El pueblo de Estados Unidos seguirá paso a paso el ataque de los demócratas y la defensa republicana. Los ratings de la televisión prometen ser elevadísimos, los debates en el Congreso serán vistos, no solo en los hogares estadounidenses sino también en cafés, bares, oficinas, hoteles… doquier haya un televisor.

Las acciones dentro del Congreso no serán lo más importante, solo constituirán la fuente de noticias que debidamente distorsionadas por la prensa ―dominada mayoritariamente por el Partido Demócrata― será vandálica con él. Los comentaristas, las entrevistas a personajes y ciudadanos seleccionados, las fotografías de sus peores momentos, las grabaciones si se le quiebra la voz, las imágenes de sus ojos reflejando ira, tristeza, abatimiento, frustración… Todo lo que pueda provocar mayor impacto, más daño será presentado para incidir en la opinión pública.

El primer día del juicio, Trump impetuoso saltará al ruedo como toro bravo que busca dar de cornadas al primero que cruce por su camino. Los representantes demócratas, avisados de la necesidad de mantener el favor del público. En las primeras audiencias, serán cordiales, educados y exhibirán maneras respetuosas. Le dejarán creer que el juicio será fácil, lo dejarán pensar “piece of cake”. Pero no será así.

¿Cuál es la probabilidad de triunfo del toro sobre los picadores, los banderilleros y el torero-matador en una plaza llena?

Por allí por la tercera audiencia habrá un ataque sorpresivo, inesperado, destinado a reducir su ímpetu, le causarán la primera herida; que le dolerá todo el juicio. Más de un picador habrá de atacarlo después, buscando debilitar sus posibles defensas. Recibirá muchas heridas. Cuando la opinión pública ―monitoreada todo el tiempo― muestre misericordia por él o tienda a victimizarlo, le darán un respiro. Después, aparecerá un personaje nuevo, fresco, quien lo atacará de frente. Esquivará con suprema habilidad cualquier embestida de un agotado Trump, cercano a la derrota. Luego habrá otro banderillero, y otro más.

Trump ya ha sido derrotado, tiene la visión borrosa. Tendrá poca fuerza cuando deba enfrentar al representante matador. Este habrá permanecido en silencio durante las audiencias previas. Quizá cedan el honor a la dulce Nancy Pelosi, habrá recibido el estoque con punta curvada y lo portará en su mano derecha oculto bajo el capote púrpura. Nancy toreará con maestría a un Trump agotado, hasta extenuarlo. Cuando sepa que él no puede más, descubrirá el brillo del estoque y caminará hacia él, como dispuesta a clavarlo en su esqueleto torácico.

Sacando fuerzas de su debilidad extrema flaqueza y como ignorando sus múltiples heridas Trump lanza su último ataque. La señora Pelosi lo evade y sucede algo inesperado, brutalmente sorpresivo. En vez de terminar con él, se da la vuelta, se dirige al estrado y dice ¡Basta! Votemos ya. El público, estupefacto, aplaude lo que considera un acto de máxima honorabilidad. Ha perdonado a un presidente caído. Llama a votación y todos los demócratas votan en contra de destituirlo.

¿Por qué el postrer perdón? Resulta que si lo destituyen, Michael Richard Pence, el vicepresidente, sustituye a Trump en la Presidencia y es contra él contra quien tendría que competir el candidato demócrata. Contrario a Trump, Pence tiene una excelente imagen. Se le ve comedido, mesurado, inteligente, ponderado, educado… Es autoritario sin ser abusivo. Contra él, la derrota del Partido Demócrata sería apoteósica.
SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 73 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería el&eacu
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