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Mi Esquina Socrática

Construir es lo difícil
Fecha de Publicación: 30/10/2019
Tema: Valores
 

Construir ha sido siempre lo difícil; destruir, lo más fácil

En el año 2021 celebraremos, o maldeciremos, los primeros quinientos años de la conquista de México por Hernán Cortez. Y nadie desde tal fecha a mi juicio ha resultado tan catastróficamente dañino para el entramado de todo este colectivo humano en este Hemisferio americano como el embuste genial que encarnó en su momento la figura de Fidel Castro.

Todo esto me viene a la mente tras la lamentable capitulación de Sebastián Piñera ante masas alocadas de adolescentes que alegremente destruyeron el sistema de transporte urbano más eficiente de la región y el más útil para la clase trabajadora. Ahora estos últimos tendrán que vérselas con toda esa ruina para llegar puntuales a cualquiera de sus obligaciones laborales de cada día.

No creo en ninguna igualdad de hecho entre tales conductas vandálicas y la de la observancia escrupulosa de la ley, sino tan solo en esa otra contundencia de lo real que nos enseña que quienes solo piensan oportunistamente al corto plazo acaban por arruinarlo todo al muy largo.

Por lo cual solo acepto toda justificación de la conducta humana según la ley y la voluntad de Dios. Esta actitud se conoce en la historia de la Ética como “categórica”, no como esa utilitaria y calculadora al corto plazo que solo reconoce ventajas comerciales o la ruina.

Perdóneme, amable lector, por este desliz hacia lo abstracto. Pero con ello pretendo aludir al “hecho” tantas veces comprobado de que nuestras conductas individuales respectivas nunca son del todo homologables sino siempre muy variadas y hasta irreconciliables entre sí. Porque Nerón no es en nada comparable a San Francisco de Asís aunque a ambos los tengamos por igualmente significativos.

Ese drama de lo muy diferente en nuestras responsabilidades individuales no es más que el eco de que jamás logramos uniformarnos del todo. Solo el hambre por la justicia nos debería igualar.

De regreso a ese “revolucionario” barbudo fallecido hace tan solo tres años, veo con horror que su empobrecedor legado se mantiene vivito y coleando.

No aludo aquí a payasos de la política, sino al conjunto de esos integrantes del Foro de Sao Paulo, la última mina explosiva y subterránea que nos han dejado los hermanos Fidel y Raúl Castro.

¿Un muerto que todavía desde la tumba nos maneja?... Pues así ha parecido hasta en el Chile modélico durante los últimos cuarenta años. Simultáneamente, permanecen anclados en sus respectivos errores de casi siempre Bolivia, la nostálgica Argentina peronista y hasta quizás, también el México de nuestros días.

¿A qué atribuyo tantas renovadas insensateces entre nosotros?

A la carencia generalizada de principios de buena conducta, pues lo categórico e incondicional ha tendido a esfumarse al mismo tiempo de nuestras conciencias. Todo aparenta haberse reducido a retórica vacía, a componendas cortoplacistas, a alianzas irreflexivas, a declaraciones superficiales e hipócritas, las propias, repito, de los hermanos Castro, de Salvador Allende o de Nicolas Maduro entre muchos otros.

La Republica de Chile, el último ejemplo de integridad moral que nos quedaba en la vida pública, parece haberse desmoronado en un instante por boca del Presidente Piñera a la urgencia de lo que políticamente le conviene y no a lo de lo moralmente debido. Muy diferente a su hermano José, el arquitecto del Seguro Social en su país, y hombre insobornable. Igualmente del candidato José Antonio Kast, o de los añorados Hernán Büchi y demás Chicago Boys de hace unas décadas.

De regreso, entonces, al Foro de Sao Paulo auspiciado en 1990 por Fidel Castro y Lula da Silva.

La Unión Soviética se disolvía; la cortina de hierro sobre la Europa del Este se había desvanecido; y hasta la China comunista, por iniciativa del Secretario General del único partido político permitido, Deng Xiaoping, emprendía una decidida marcha hacia la libertad de mercado, aunque de ninguna manera hacia el de una democracia pluralista.

Ante tal derrumbe de la extrema izquierda, al que Fidel Castro calificó de “periodo especial”, ¿qué futuro podía esperar para sí mismo y su herencia ideológica?

O sin aquel océano teñido de rojo a su alrededor, ¿podría acaso la isla de Cuba reincorporarse al mundo de la democracia contemporánea, aquel que por esos mismos días catalogaba como “El fin de la historia” Francis Fukuyama?

Pues precisamente por eso los Castro de la mano de Lula da Silva, promovieron la fundación del Foro de Sao Paulo. Incluso a ellos, subrepticiamente como lo suele hacer, se les sumó George Soros, el judío que vendió judíos a la Gestapo.

El tal Foro ahora parece haber extendido hasta el Partido Demócrata de los Estados Unidos, que hoy se debate entre la vida y la muerte electoral frente a Donald Trump.

Al fondo de todo ello, persiste disimulado el odio al judeocristianismo y a todo movimiento colectivo que en él de alguna forma se haya inspirado.

Tal es nuestro momento.

Pero todo ello arrastra una premisa escondida: la de que todos somos igualmente productivos y, por lo tanto, igualmente meritorios. Inclusive hasta cuando se destruye el transporte subterráneo en Chile por un valor total de seiscientos millones de dólares.

La utopía de Tomás Moro, o de Karl Marx y Federico Engels, de Vladimir Lenin, de José Stalin, de Mao y por supuesto de Fidel, en la historia siempre se ha visto conducir únicamente al cementerio.

Pues el adjetivo “meritorio” siempre ha sido aplicable solo en el mundo de los vivos, jamás en el de quienes ya descansan igualitariamente en los cementerios…

Por eso no nos dejemos embaucar por esas maquinaciones que se gestan en secreto en el Foro de Sao Paulo, el Foro, sea dicho de paso, que entraña el posible entierro de la entera civilización.

Por tales razones, nos vemos moralmente obligados a permanecer siempre alertas. Lo único a lo que todos sí estamos llamados a proceder de veras como “iguales”.