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Contrapunto

No nos engañemos: es una guerra
Fecha de Publicación: 23/10/2019
Tema: Política

 

 Carlos Sabino, autor de numerosos libros, escribe artículos de opinión para Panampost, medio para el cual fue escrito este (

 
 
https://es.panampost.com/).Lo reproducimos con autorización del autor.

 
 
Cuanto más tardemos en actuar peor será el resultado
 
…y aun así, cuando no se lucha por lo que es correcto cuando fácilmente se puede vencer sin derramamiento de sangre, si no se pelea cuando la victoria es segura y no demasiado costosa, se puede llegar a un momento en que habrá que luchar con todo en contra y solo una precaria posibilidad de sobrevivir. Pero puede haber, todavía, un caso peor. Se puede tener que luchar cuando ya no hay esperanzas de victoria, porque es mejor perecer que vivir como esclavos.
 
Winston Churchill
 
Escribió esta frase el gran estadista inglés en referencia a la llamada política de apaciguamiento que se siguió, durante algunos años, contra Hitler. Inglaterra y Francia cedieron ante el dictador alemán en varias ocasiones, tratando a toda costa de mantener la paz, pero al final tuvieron que ir a la guerra, y en las peores condiciones posibles. Hitler, envalentonado por la debilidad de sus adversarios, atacó Polonia el 1 de septiembre de 1939 y desató así la Segunda Guerra Mundial.
 
No creo estar exagerando si afirmo que, ahora, nos encontramos en América en una situación parecida. El régimen de Maduro, sostenido por la dictadura comunista cubana, ha iniciado una ofensiva tratando de desestabilizar a los países democráticos de la región. Los recientes y brutales disturbios en Chile y Ecuador muestran con claridad que el dictador venezolano no se quedará de brazos cruzados y recurrirá a todos los medios posibles para sostenerse en el poder. No solo para mantenerse en la presidencia, sino para exportar su revolución y ampliar su esfera de influencia entre los países vecinos. Lo peor de todo es que lo está logrando.
 
La estrategia es bien conocida. La utilizaron Fidel Castro y el Che Guevara desde 1959, cuando promovieron guerrillas que, con mayor o menor éxito, asolaron Latinoamérica y contribuyeron a que surgieran, como respuesta, dictaduras militares y regímenes autoritarios. Se trataba de una agresión armada y violenta, y del mismo modo violento se respondió, sumiendo a la región en una era de intolerancia.
 
Los guerrilleros eran tal vez “jóvenes idealistas” que luchaban por un futuro mejor. Pero lo hacían con las armas en la mano, pasando por encima de las instituciones a las que tildaban de “burguesas”, mofándose de la democracia que, años más tarde, dijeron defender. Lo mismo sucede ahora, aunque con métodos distintos: elecciones amañadas, protestas violentas, bloqueos de carreteras, detenciones arbitrarias. El objetivo no ha cambiado: es llevar a toda América Latina a un sistema que han llamado, con ingenio, “el socialismo del siglo XXI”. Unen así la idea de estar al día con la vieja palabra “socialismo”, que tanto entusiasma a muchos.
 
Ese socialismo, para hablar claro, se parece demasiado al comunismo que se estableció en la Unión Soviética durante más de 70 años. Se basa en un partido único que se instala en el poder a perpetuidad –aunque a veces cuenta con la máscara de partidos aliados, o de oposición domesticada, como sucedió en Polonia y en la Alemania Comunista. Destruye la propiedad privada pues controla todo el aparato productivo desde el estado, aunque a veces deja algunos márgenes de acción a pequeñas empresas, siempre muy controladas, como sucedió en Hungría. Crea una división tajante entre los sectores que lo apoyan, siempre minoritarios, a los que entrega prebendas y beneficios limitados, y la gran mayoría de la población, a la que sume en la miseria y controla mediante la más implacable represión.
Eso fue el comunismo del siglo XX, el que todavía domina en Cuba y se ha implantado en Venezuela.
 
La región está amenazada, no hay país que pueda librarse de esta ofensiva, de un enemigo que se disfraza a veces de demócrata pero que no vacila en incendiar comercios y transportes colectivos, en disparar contra manifestantes inermes, en torcer los resultados electorales -allí donde posee el poder- para favorecer a sus candidatos, como ha ocurrido en Venezuela, Bolivia y Nicaragua.
 
La respuesta de aquellos que se oponen a esta amenaza ha sido hasta ahora débil y timorata, a veces guiada por un optimismo ciego, a veces egoísta y realmente cómplice. Cada uno, cada país, cada partido, piensa que a ellos no les tocará, que están más allá del problema, como sucedió durante los años previos a la guerra mundial que comenzó en 1939: Ni Francia, ni el Reino Unido, ni los Estados Unidos, al final, pudieron escapar de un conflicto que, ingenua o maliciosamente, pensaron que estaría limitado a la mitad oriental de Europa. Lo mismo ocurre ahora.
 
No es con sanciones económicas o diplomáticas que se puede detener a quienes se proponen esclavizar a todo un continente y no tienen restricciones morales para apelar a cualquier método de lucha, a la mentira y la violencia, al engaño seductor y a la tortura contra quienes capturan. Los Estados Unidos, líder de la región, no son inmunes a este tipo de penetración, aunque el mismo optimismo necio que muchos tienen lleve a creer lo contrario. Brasil y Colombia, directamente amenazados, hablan mucho pero nada concreto hacen.
 
Nadie quiere atreverse a una solución armada, la única que podría resolver este ominoso problema que enfrentamos. Lo sé, invadir Venezuela tendría costos inmensos, en vidas humanas, bienes materiales y hasta prestigio político para quienes inicien la acción. Pero recordemos a Churchill y la lúcida frase que transcribimos al comienzo: estoy seguro de que, tarde o temprano, tendrán que ir a la guerra pero, si dejan pasar el tiempo y siguen debilitándose, lo tendrán que hacer en las peores condiciones posibles. 
SOBRE EL AUTOR
Carlos Sabino
Nacido en Buenos Aires, 1944. Sociólogo (U. de Buenos Aires) y Doctor en Ciencias Sociales (U. Central de Venezuela) Director de la Maestría y Doctorado en Historia de la U. Francisco M
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