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Teorema

Del fraude electoral
Fecha de Publicación: 26/06/2019
Tema: Electoral
"De hecho, se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las otras formas que han sido probadas de vez en cuando". Winston Churchill cita textual de su discurso en la Casa de los Comunes, 11 de noviembre de 1947.

Anoche –martes 25–, un conocido entrevistador de la TV afirmó: “para poder decir que hubo fraude hay que saber cómo se cometió, quién lo hizo, a quién se benefició y cuántos votos falsos le fueron acreditados. Disiento de esa visión. Si el vientre de una mujer ha venido creciendo, sus pecho se han agrandado, sufre mareos… no es necesario esperar que nazca el niño para decir que está embarazada. Tampoco se puede afirmar que solo está “medio embarazada”

Si los resultados del Tribunal Supremo Electoral –TSE–, no reflejan con razonable precisión el consenso de los electores, entonces se puede decir, que los resultados son fraudulentos.

No debiera importar en qué parte del proceso sucedió la adulteración. Da lo mismo que haya sido en el transporte de papeletas, durante la recepción de los votos, en su conteo, en el traslado de actas o a través del programa empleado para computar los resultados.

Hablar del algoritmo y pretender culparlo, como si se tratara de un ente autónomo, es simplemente absurdo. Decir que el programa solo servía para 20 y que cuando superó esa cifra tronó, es una explicación ridícula. Aún más absurda, si se recuerda que el número inicial de partidos inscritos era 26.

Si los resultados son fraudulentos se debe concluir que hubo fraude. No error, sino fraude. Si hubo fraude, el responsable del mismo es la entidad que administra tal proceso. El TSE es esa entidad, entonces los responsables son quienes la dirigen. No se puede culpar al jefe de informática, al digitador, a los fiscales, a la secretaria, al mensajero… Si un fraude electoral aconteció, ante la ciudadanía la responsabilidad recae sobre los cinco magistrados y el registrador.

Entre 1954 y 1982 sucedieron varios fraudes electorales. Fuimos gobernados por individuos que los ciudadanos no habíamos elegido para regir el destino nacional. Entonces tuvimos miedo de hacer valer nuestro derecho de elegir, que es sagrado. Ahora ya no sentimos temor, nuestra vida ya no corre peligro cuando expresamos lo que pensamos. No debemos permitirnos volver a ese pasado deshonroso, vil e infame. Nunca más debemos callar.

El Tribunal Supremo Electoral se creó en 1983 como máxima autoridad en esa materia. Su primera misión fue convocar a una Asamblea Nacional Constituyente. Se erigió otorgándole independencia de otros organismos del Estado. Sus primeros integrantes fueron seleccionados a dedo por los magistrados del Organismo Judicial. Sin lugar a dudas, aquella selección no pudo ser mejor.

Después, el TSE organizó la elección de 1985 y las que siguieron. En 2011 hubo rumores de anomalías incriminando a su presidente, la abogado Villagrán. Sin embargo estas fueron manejadas sin mayores consecuencias sobre el proceso que llevó al poder a Pérez y a Baldetti.

Conceptualmente, el desarrollo de la elección y la nitidez de su resultado representan más que un medio para elegir las autoridades de un país. Se puede decir que una elección diáfana es el fin supremo en una democracia. Porque hace que tal sistema de gobierno, siendo pésimo –según Churchill—sea menos malo que otros

Los ciudadanos pueden escoger mal, como ha ocurrido muchas veces. Pero una vez han elegido a un funcionario, tienen la obligación ciudadana de apoyar sus decisiones legítimas de gobierno. El presidente Morales, por ejemplo, muchas veces se mostró inepto e inadecuado para el cargo. Sin embargo, su elección fue legítima y eso le ha permitido mantenerse en el cargo.

El voto es la esencia misma de la democracia. En países de pobre desarrollo cívico, como el nuestro, constituye la única expresión de los ciudadanos. Después, durante cuatro años, los pobladores se verán conminados a sacrificar entre 9 y 11% de su ingreso para cubrir los gastos e inversiones de gobierno. Si se impide que los ciudadanos elijan libremente a sus autoridades, dejan de serlo y se convierten en vasallos.

El Estado puede entregar tarde los libros a los niños, puede carecer de medicamentos en los hospitales o fracasar en el mantenimiento de las carreteras. Desde luego, esas son fallas terribles, pero pudieran tener explicaciones válidas. Lo que no puede hacer, de ninguna manera, es robar el voto de los ciudadanos. Seleccionar por ellos a quienes habrán de dirigir el Estado es infame. Favorecer el triunfo de unos en desmedro de otros es perverso. El voto debe percibido por el funcionario como un asunto sagrado.

Y aquí estamos hoy, en nuestra Guatemala, como volviendo al pasado con un proceso electoral profundamente cuestionado. Con los miembros del TSE buscando, desesperadamente, salir del atolladero donde su ineptitud e incapacidad los ha llevado. Porque nadie los puso en el terrible entredicho donde se encuentran. Lo hicieron ellos mismos, solitos.

Quien pensaba que los candidatos eran los llamados a ejercer el liderazgo de la reclamación, se equivocan. Ellos, con honrosas excepciones, están principalmente preocupados en preservar las diputaciones o alcaldías que el conteo les dejó. Son los ciudadanos quienes deben exigir la restauración del derecho de elegir conculcado, si después de la revisión ese fuera el caso.

La revisión de las papeletas y de los votos, uno por uno si fuera necesario, no debe dejar espacio para dudas. Si los resultados de la revisión difieren de aquellos que presentó el TSE la semana anterior, es necesario anular la elección y repetirla de nuevo. No se debe considerar siquiera la posibilidad de subsanar las diferencias.

El costo no debe ser obstáculo. Lo que está en juego –nuestro futuro como país— es demasiado importante. Los magistrados del TSE deben ser retirados de sus cargos y dejar en su lugar a los suplentes. A ellos debe corresponder conducir un nuevo evento electoral y hacerlo profundamente transparente. Mucho más que cualquiera otro anterior. Los ciudadanos son los soberanos y la elección es el acto por medio del cual delegan esa soberanía en otros para que conduzcan el destino de nuestra Patria.
SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 73 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería el&eacu
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