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Invitado de honor

Anamaría Anguiano: FUNDAL
Fecha de Publicación: 23/05/2019
Tema: Piel adentro
Me invitó a tocar, a palpar, a sentir. Con un gesto de su mano –que entendí perfectamente-, me indujo a experimentar algo distinto a lo que anteriormente me había guiado para que tocara. Primero, sentí un tejido de lana, algo grueso y rugoso. Seguí bajando y de repente lo sentí a él. Primero un pedacito de algo tibio y suave. Muy poco a poco, y con mucho cuidado, seguí explorando. Lo toqué en su totalidad. Era pequeño, frágil, suave y muy confiado. Fue entonces cuando sucedió la conexión completa. Fue un momento de enlace total. Rompí a llorar como una niña. Me encuclillé para estar más cerca de él sentí a mi alma hablarme, decía: “Bienvenida a casa”.

¿Bienvenida a casa? ¿Cómo así? me pregunté. No entendía nada, sólo sentía. Sentía y lloraba. Era la primera vez que estaba en ese lugar y sin embargo sabía que era allí adonde pertenecía.

¿Y quién era él? Creo que su nombre era Angelito. No estoy segura. Era un niño con sordo-ceguera de más o menos 2 añitos.

Serían las once de la mañana del martes 21 pasado, un día de trabajo, como muchos otros, para FUNDAL.

Había sido amorosamente recibida por Helen, directora de FUNDAL y amiga mía. Con mucho cuidado y respeto me había invitado a vivir una experiencia única. Se trataba de capacitarme para comprender, al menos un poquitito, de qué se trata y cómo se siente padecer sordo-ceguera.

Al llegar a la oficina de la directora y dejar allí mi bolsa, una asistente de Helen me preguntó si estaba dispuesta a hacer un ejercicio para vivir una experiencia única. Sin saber exactamente de qué se trataba le dije que sí. Me dio un ‘tapaojos’ de tela y un par de algodones para mis oídos. Me invitó a colocarme ambos y me dijo que a partir de ese momento, ni ella ni yo podríamos hablar. Nuestra comunicación sería exclusivamente por el tacto y el olfato. Yo protesté un poquito diciéndole que llevaba zapatos de tacón alto y que eso podría darme algún problema. Me dijo que no me preocupara, que eso no sucedería. Me puse ambos aditamentos y empezó la experiencia…

Colocó mi mano izquierda sobre su hombro y tomó mi mano derecha en la suya. Así, a lo largo de lo que deben haber sido 20 minutos o media hora, fui totalmente guiada por otra persona convertida en mis ojos y oídos. Aquella sensación de total rendición de mi control a otro no fue fácil. Me sentía totalmente vulnerable y perdida.

Ella, con mucha experiencia y suavidad me fue guiando por pasillos, rampas hacia arriba y abajo, aulas y espacios más abiertos, me “hablaba” todo el tiempo en lenguaje de señas táctiles. Poco a poco empecé a sentirme cómoda y confiada de que fuera ella quien tenía el control de mi bienestar. Si no hubiera sido tan cuidadosa y respetuosa, habría sido fácil que me cayera o lastimara.

Cuando al final me quité el “tapaojos” y los algodones, comprendí que los humanos contamos con herramientas de comunicación tan poderosas como la vista, el oído y el habla. No tenemos plena conciencia de que el tacto y el olfato tienen tanta presencia y son tan útiles en nuestra vida como la visión, el habla y el oído.

En determinado momento cuando mi “guía” me invitaba a conocer verdaderamente el espacio por el que pasábamos, me dio unos “paquetitos” y con sus señas táctiles me invitó a olerlos: eran jabones con distintas fragancias. Los fabrican los niños y jóvenes sordo-ciegos que asistían como alumnos a FUNDAL. Nunca antes había percibido con tanta claridad las diferentes fragancias.

Mi tacto se sensibilizó de una manera sorprendente. Cuando entraba en contacto con el frío metal de los pasamanos en las rampas, hasta podía imaginar su color. De pronto, tocar objetos había adquirido un significado más profundo. Al palpar la tela de la ropa de algunos niños, mi imaginación se iba hacia el material, su grosor o la delgadez del tejido, incluso el color. Lo más maravilloso fue cuando toqué la piel desnuda de sus bracitos o carita. Ese “verdadero” contacto de piel con piel estableció una conexión muchísimo más profunda, más de alma a alma.

Después de esa increíble experiencia y con el corazón muy agradecido, fui invitada a participar en una reunión con las mamás de los niños con sordo-ceguera. En una aula, había como 20 mamás. Helen y yo nos sentamos a platicar con ellas. Al principio estaban un poco tímidas y no querían hablar en voz alta. Poco a poco se fue desenvolviendo otra experiencia de muchísimo aprendizaje para mí.

Vi, sentadas frente a mí, a un grupo de verdaderas guerreras. Mujeres tremendamente valientes y pacientes que han tenido que hacerse las “sordas”’ ante el ataque –a veces verbal , a veces gestual- hacia sus hijos de personas que con una falta total de respeto y consciencia les dicen cosa feas sobre ellos. Mujeres que han tenido que atravesar situaciones económicas de mucha carencia, dificultades para poder comprar un medicamento que su hijo necesita. Han tenido que ‘guerrear’ con el transporte público -urbano y extraurbano- para poder llevar y traer a sus hijos a donde éstos han necesitado ir. Mujeres que llorando, confesaron que habían pensado –más de una vez- quitarse la vida, para ya no tener que luchar tanto y ver sufrir a sus hijos y sufrir ellas. Todas ellas son grandes, grandes maestras que tienen mucho que enseñar.

Al final de las 4 horas de mi visita, no pude menos que decir a mi amiga: “Helen, aquí estoy. Para lo que necesiten de mí, aquí estoy. Estoy disponible para FUNDAL y éste grupo de grandes maestros y maestras. Para las “guerreras” y sus hijos sordo-ciegos. Gracias. Gracias por éste gran regalo