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Mi Esquina Socrática

Un héroe al servicio de la vida
Fecha de Publicación: 16/07/2013
Tema: Otros

 

El 9 de abril otro gran guatemalteco pasó a recibir su premio eterno. Servidor incondicional de las vidas ajenas durante el tiempo que duró la propia. Su nombre, Mario Castejón,  permanecerá a los ojos de muchos gloria médica y cívica guatemalteca.
            Ese hombre tan generoso, tan entusiasta y esforzado, egresado de la USAC,  se había estrenado a principios de los sesenta en la vida pública, y se proyectó de inmediato como joven,  honesto y activista estudiantil que llegó a presidir la AEU.
Su ulterior especialización en pediatría constituyó una temprana manifestación  de sus prioridades humanísticas, que le merecerían esa aureola de ciudadano ejemplar, siempre entregado al servicio de todos y de cualquiera.
            En el suelo patrio desarrolló su rica labor médica, y científicamente rebasó incluso nuestras fronteras, con artículos sensatos y conferencias aleccionadoras, a ambas riberas del Atlántico.
            Desempeñó, entre otras muchas funciones públicas y privadas la de director del único hospital infantil de la República, en Puerto Barrios, Izabal. Y desde allí, se atrevió a proyectarse como ecologista comprometido. 
            Incansable, además de enriquecer la bibliografía profesional disertó profusamente sobre tópicos actuales y de la historia universal. Entre ellos descuellan su relación novelada de la Liberación, con “Aquel verano del 54” (Editorial Magna Terra), y sus eruditas reflexiones sobre hechos del conocimiento de todo hombre culto de hoy, agrupadas bajo el título “Adiós al mundo de ayer” (Ediciones Papiro, S.A.).
            Devoto católico y excelente padre de familia, procreó con su generosa y abnegada esposa, Cristina, nueve hijos, de entre los cuales tuve el honor y el gusto de guiar a su hija Fernanda, más tarde brillante y audaz corresponsal de prensa internacional (para la CNN), muy lamentablemente fallecida a los treinta y nueve años de edad del mismo mal del que moriría su padre.
            De Mario puedo asegurar que nunca supe de alguien que le viera mentir. También guardo la constancia en sus empeños y su firmeza de carácter, que en ocasiones desplegó en grado heroico, como cuando acudió voluntariamente a ofrecer sus oficios médicos, en plena selva tórrida nicaragüense, al grupo de patriotas que luchaban por devolver su país a la democracia.
            Menos conocido, se afanó, el primero, por dar a conocer a nuestro electorado pensante el plan de  titulación efectiva de la propiedad de la tierra, según lo investigado y documentado previamente por el Lic. Gabriel Orellana Lemus.
            En tal contexto fue invitado a postularse candidato a la presidencia de la República por una asociación cívica emergente, en la que figuraron líderes selectos de reconocida probidad e inteligencia como Marta Altolaguirre.  También recuerdo entre ellos al exitoso empresario Santiago Velasco, al elocuente catedrático de filosofía del derecho Humberto Grazioso, al conocido arquitecto Héctor Menéndez, que reconocían en Mario algo muy diferente, y mucho mejor, que la habitual oferta política del país.
            Pero una trayectoria del todo exenta de escándalos personales no atrajo la suficiente atención de los medios masivos de comunicación, menos aún de los grupos de presión vigentes, a la izquierda o a la derecha, en particular por lo novedoso y políticamente inusitado de su programa, y su campaña fue relegada al fondo de las prioridades de los electores.   
            Mario Castejón habrá de permanecer en la mente de muchos, en especial entre nuestros jóvenes, como ejemplar. Su nombre se añade al de tantos otros guatemaltecos que por sus sacrificios con razón han devenido en los auténticos arquitectos de lo más sano de nuestra identidad nacional.
            Tanta hombría de bien merece ser divulgada y emulada. Incluso, pese a la misma incomprensión de que fue víctima por parte de quienes no podían creer en la verdad de una existencia tan sin miedo y sin tacha. Un “buen samaritano” que nos podría servir de modelo para  la integración de nuestro carácter nacional.
            De su entereza bajo presión guardo, entre otras, esta anécdota: recién graduado, le llevaron un menor agonizante que apenas respiraba. Tras un rápido examen, concordó con otro facultativo, el Dr. Stefano Vignolo, que aquel niño sufría de un colapso pulmonar debido a un escape de gas gástrico. Agarró,  presto, un “trocar” a su alcance, y le hizo una incisión profunda por la espalda. El niño expulsó el gas y volvió a respirar. Al día siguiente llegó el Dr. Herrera Llerandi, estricto disciplinario, a la sazón director del departamento quirúrgico del Hospital San Juan de Dios, e increpó al personal presente: “¿Quién fue el salvaje que operó así?” “Fui yo”, contestó Mario. “Pues lo felicito” -le respondió, sereno, don Rudi- “le acaba de salvar la vida a este niño”.      
            Así fue Mario.