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Mi Esquina Socrática

Jueves Santo
Fecha de Publicación: 04/04/2013
Tema: Política

 

¿Qué conmemoramos?

            Un adiós entre amigos, que cenaron juntos, y que al día siguiente, viernes, presenciaron como su anfitrión fue…  “lynchado”. 

Usual entre humanos, que con tanta frecuencia nos mostramos incapaces de remontarnos más allá de nuestra pura herencia animal que, simplemente, nos ha ratificado haber resultado  ser los “más aptos” y, por tanto, los llamados a sobrevivir a expensas de los “menos” aptos...  Jesús, en ese caso, no era romano, luego le aullamos a Pilato “¡Crucifícalo!”…

            Somos, pues, parte también de todas las “masas justicieras” que durante la Edad Media gritaban “¡a la hoguera!” a cuanto supuesto disidente se les cruzaba en el camino. O de las que condenaron a gritos a las “brujas” durante el siglo XVII, y no a cualesquiera sino sólo a aquellas que los años ya habían marchitado.

Somos del mismo temple, únicamente que, por una sola vez, además, “ilustrados”,  bramamos “¡a la guillotina!” contra quien se hubiera atrevido a creer que nos era superior. Somos los mismos de aquella “raza superior” que, en pleno siglo XX, a coro, y con el brazo en alto, rugió repetidamente “¡Sieg heil!”, al tiempo que enviaban a los campos de exterminio a los ancianos, a las mujeres y a los niños de las razas “inferiores”… Fuimos, y somos, para vergüenza nuestra, todos los verdugos de todos los tribunales “populares”, igual que en aquella sombría noche de un jueves que hoy llamamos “santo”…

La cena para esa ocasión sirvió para los comensales de antesala al gesto amoroso del anfitrión que se bajó a lavar los pies de sus invitados, entre ellos, un tal Judas Iscariote…“pues si yo” - les exhortó-, “el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros”.

El hombre “nuevo” hacía su aparición.

Aquel mismo al que, en otro contexto, se le había oído decir, respecto a otra víctima del prejuicio, “quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra…”

 Hoy también, nosotros, habitantes en una “aldea” tecnológicamente “global”, usurpamos la potestad soberana de pedir desde Noruega la condena de un militar… en Guatemala –al tiempo que hacia Cuba permanecemos mudos ante la lenta asfixia de unas damas “vestidas de blanco” que osan pedir justicia a un burdo dictador para poder abrazar a sus hijos-.

“Los más aptos”, tan equitativos, encima decretamos para todos lo que ha de juzgarse de correcto o incorrecto, instalados en cómodas butacas en Washington o Bruselas…

            Nos consta, por escritos de entonces, que en repetidas ocasiones se le oyó a Jesús clamar a su Padre, “¡Abba!”, y que también se le vió en compañía de su Madre viuda, María, en momentos excepcionales como, por ejemplo, el de aquella tierna ocasión de una boda en Caná, cuando adelantó a petición de ella la hora del inicio de su vida pública.

Jesús pareció tener ante sus ojos, sin pausa, la que habría de ser la última de sus peticiones: “¡Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen!”.  

Pero de todos modos, el cúmulo de tantas injusticias le hacía hervir la sangre. Nosotros, a nuestro turno, nos enorgullecemos de haber derivado de su ejemplo ciertos “correctivos” conceptuales a lo injusto, que nuestro laicismo vergonzante ha querido revestir de un ropaje más aceptable para los tibios de corazón ingratos.

Y así, el “Estado de Derecho”, por ejemplo, nos vale ahora de ideal sustituto para aquel del “Reino de Dios”. Y nuestro concepto jurídico de “persona” lo hacemos el equivalente aséptico del “individuo pecador y redimido”. Aun nuestro “debido proceso” legal pudiera ser interpretado como otro intento de secularizar la prudencia que pudiera ahorrarnos otras “Pasiones”.

Y hasta nuestros cacareados “derechos humanos” podrían entenderse como reformulaciones de los frutos imprevistos de la gracia que nos mereció el Redentor. 

Muy en particular para amigos libertarios, nuestra libertad civil no es más que el asomo de la libertad cristiana en la historia.

Pero no nos ofusquemos.

Porque el Maestro también aclaró ante el supremo representante del César que “mi reino no es de este mundo”.

Efectivamente, el poder coactivo en él no tiene lugar. Como tampoco las intrigas, o las zancadillas, que mutuamente nos propinamos para hacernos de cualquier poder.

Como lo proclamó Isaías, seiscientos años antes, el Mesías “… juzgará entre las gentes, será el árbitro de pueblos numerosos que forjarán de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas… Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá…”  

¿Prenuncio sagrado de un Estado constitucional?

Más que eso. Porque Yahvé, misericordioso, y su Hijo, “manso y humilde de corazón”, “no vociferarán ni alzarán el tono…”. “Harán justicia lealmente; y ni desmayarán ni se quebrarán hasta implantar en la tierra el derecho…”

El judeocristianismo, una incógnita todavía para muchos, ha sido la raíz histórica determinante de nuestros criterios morales contemporáneos en torno a la justicia. Lo mismo se diga respecto a la deontología jurídica. Y aun esa sensibilidad nuestra tan única ante la injusticia,  de esa misma raíz viene. Todo, empero, soslayado por el positivismo jurídico…

El espíritu tenaz, sopla, sin embargo, donde quiere, y aquí en Guatemala lo siento bramar con la fuerza de un huracán.

Ojalá lo escuchemos.