ENSAYOS >
Título:     Tema:     Autor:    

Vocación de Libertad

Posverdad y constitucionalismo
Fecha de Publicación: 30/09/2018
Tema: Construir el Estado

 

Una constitución existe para garantizar el ejercicio racional del poder”, esta es la primera línea de texto que el columnista Alejandro Balsells escribe para iniciar su artículo publicado en Prensa Libre bajo el título: Abusos y límites constitucionales. Subrayo lo de racional.

Acude también Balsells a lo expresado en relación al constitucionalismo por un intelectual y político de línea socialdemócrata del siglo XVIII, trayendo a la mesa el pensamiento de Ferdinand Lasalle, quien dijera: “Los problemas constitucionales no son, primariamente, problemas de derecho, sino de poder; la verdadera constitución de un país reside en los factores reales y efectivos de poder que en ese país rigen, y las Constituciones escritas no tienen valor ni son duraderas más que cuando dan expresión fiel a los factores de poder imperantes en la realidad social”.

En Guatemala, es mi personal criterio, actualmente nos movemos en medio de una ruta imaginaria entre esa opción de racionalidad que demanda el Estado de Derecho y el pragmatismo históricamente imperante e impuesto por la realidad de los factores de poder real, solamente que en estos tiempos en proceso también de nuevos acomodos y nuevos actores. La Sociedad Civil es uno de estos nuevos actores.

Es en este marco de pensamiento que ahora agrego la ya casi cultura de la posverdad, cultura a la que hemos venido asistiendo y con la que de manera poco perceptible quizá, le estamos dando vida a una sociedad dislocada, diluida o liquida; todos conceptos nuevos, como formas nuevas de interpretar comportamientos sociales cada vez más evidentes en la conformación del presente y futuro de nuestra sociedad. Ideas que lamentablemente, no anticipan nada bueno y frente a lo que hemos de hacer algo más, si creemos que como personas, aún tenemos primacía en esta creación.

Hemos de entender la idea de la posverdad tal cual el DRAE lo tiene ya acuñado: “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales.” Por supuesto, poco o nada racional, lo cual ruego a la lector conectar con lo subrayado en el primer párrafo.

No podemos ocultar que en materia de avances de la humanidad, al menos en el mundo occidental, existen importantes adelantos en la defensa de los derechos del hombre. Sin embargo, no podemos ocultar que la cultura actual, caracterizada, entre otras cosas, por un individualismo egoísta y utilitarista, así como un economicismo tecnocrático, se acelera un proceso deshumanizante que tiende a quitarle valor a la persona, al ser humano. La persona, el ser humano, es concebido como un ser «fluido», sin consistencia permanente. Gobernado más por sus emociones que por su razón.

Nosotros, usted y yo, sus vecinos y colegas de trabajo, sentimos estar sumergidos en una red infinita de relaciones y de comunicaciones, directamente proporcional a nuestra afición a las redes sociales y al tiempo que dedicamos a ellas y al mundo que converge en los sistemas digitales. En medio de esta abrumadora omnipresencia de información, el hombre de hoy paradójicamente aparece aún más aislado, porque es indiferente respecto a la relación constitutiva de su ser, entendida esta como alma, cuerpo y espíritu; misma que es la raíz de todas las demás relaciones, incluyendo su relación con Dios. ¿Cómo se entiende el hombre a sí mismo?

Esta posmodernidad, calificada como líquida por algunos intelectuales, se caracteriza por algunos componentes entre los cuales, se destacan la transformación de las formas sociales por ejemplo, transformación desde La Familia misma y su intento de desconstrucción de lo que hoy casi es visto como pieza de museo: la Familia tradicional, pasando por otras formas de organización que virtualizadas y “a distancia”, tiende a impedir lo más básico de las relaciones interpersonales reales. Tiendas sin personas, universidades con aulas virtuales, servicio robotizado, fábricas y agencias bancarias robotizadas y en fin, hasta servicios religiosos a distancia.

Ante la no existencia o valor de contenido en estructuras sociales de sentido estables y la fugacidad de las experiencias y proyectos personales, en el “inner” de cada persona se va conformando de forma brumosa, pero muy real en su vida, una suerte de desamparo, de falta de esperanza de futuro; de ¿qué viene ahora, que puede terminar con mi existencia y sentido como ser humano?

En este contexto contemporáneo, con su previsible expansión, salvo acciones de orden milagroso quizá, resulta natural que se haga cada vez más difícil desarrollar estructuras de pensamiento y acción orientadas hacia el largo plazo, al menos en el contexto de nuestra cultura occidental, porque hay que ser muy claros que atisbando hacia otras culturas orientales, China, India y el Medio Oriente por ejemplo, sus ancestrales formas de pensar en torno al largo plazo, estas nuevas ideas no resultan afectarles.

En nuestra cultura occidental, nos encontramos hoy obligados a vivir en un contexto en el que se suceden una serie indefinida de proyectos de corto alcance y duración – la llamada época de la posverdad - , que generan a su vez una fuente de episodios de vida nuevos e infinitos, más emocionales que racionales y que al mismo tiempo, lucen no ser articulables de un modo que permitan el desarrollo o la madurez armónica de un pensamiento reposado, reflexivo y menos aún, sistémico, tal cual la creación lo es y las circunstancias de crisis que vivimos, demandan. Nuestro Presidente, la ONU, nuestros jueces y nuestra prensa, son muestras de esta forma de vida.

En todo caso, me identifico con la idea de que los lentes de los valores fundamentales de la libertad y la vida deben seguir siendo para nosotros lo humanos, criterios de vida en torno a los cuales, todas estas nuevas ideas deben ser filtradas y si limitar lo sano del avance que la modernidad trae consigo, deben ser los diques que permitan al hombre aspirar a vivir en medio de una suerte de normas –nuestra Carta Magna– que en común acuerdo, para el bien común, permitan.

 
 
   
Powered by NeBSGT