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Vocación de Libertad

¿Tendremos elecciones en el 2019?
Fecha de Publicación: 26/08/2018
Tema: Construir el Estado

 

Osado preguntarlo de cara a nuestra sacrosanta apariencia de respetar y salvaguardar, incluso a costa de muchas vidas humanas, la hipócritamente defendida institucionalidad. Peor aún, si nos atrevemos a figurar la posibilidad de que tengamos un proceso fallido de elecciones, debido a las múltiples circunstancias, valoraciones y percepciones que desde ahora rondan en el ambiente social, político y económico de este bello y hermoso país nuestro. Hoy, partidos políticos en problemas legales, mañana uno que otro candidato y después, la validez del voto nulo ¿Qué sigue?

Permítanme aclarar que, cuando hablo de institucionalidad, me refiero a salvaguardar lo escrito en nuestro pacto social, la Constitución de la República y con ello, incluyendo la posibilidad de seguir viviendo en la penumbra, bruma y borrosa dependencia de lo que los jueces constitucionales imponen como única y verdadera interpretación del texto constitucional, aunque para muchos, incluyéndome, el texto mismo y el espíritu del tal, pudiese darnos a entender algo muy diferente a lo que este grupo de ciudadanos dispongan con carácter definitivo y no apelable en esta tierra ¿Brindan los jueces, certeza y claridad jurídica?

Por otra parte, cuando hablo de un proceso fallido de elecciones, quiero decir que existe la posibilidad incluso, de que lleguemos al acto electoral, depositemos nuestro voto y todo esto, sin importar el costo económico –ya compramos la idea de que vivir en Democracia es caro– desemboque por algunas razones jurídicas o de inconformidad generalizada del soberano, en el no reconocimiento de la validez de los resultados. Nicaragua, Honduras y hasta México, viven o han vivido en el pasado reciente, este tipo de complejidades; complejidades que para un Sistema Político tan frágil como el nuestro, sería sumamente difícil de resistir, sin potenciales consecuencias de otro orden ¿Más inestabilidad y falta de certeza aun?

Las ciencias sociales y en particular la psicología, nos ha enseñado que hay una distancia enorme entre sentir y percibir, una distancia que se marca no en kilómetros, sino en emociones e interpretaciones. Sentir es la forma como nos vemos impactados y afectados a través de los órganos de los sentidos –el hambre, la ignorancia, la pobreza y el crimen se sienten, por ejemplo– la percepción es la forma como interpretamos ese impacto en nuestras mentes y lo transformamos en cuasi realidades que impulsan nuestro vivir y, entiéndase, contribuyen a la creación de sentido de vida. ¿Qué sentido de vida estamos construyendo como colectivo nacional?

En el imaginario individual y colectivo de nuestra gente, las construcciones que se han venido dando a nivel de nuestro liderazgo en todos sus ámbitos, han venido rondando en torno a un tópico central –la campaña contra la impunidad y la corrupción– con tal intensidad, que todo lo demás, en una cultura de vida nacional que por su preparación académica y falta de lectura del mundo –discernimiento de los tiempos, dirían algunos filósofos– se antoja siempre minimalista al grado de un reduccionismo simplista y aberrante ¿El combate a la impunidad y la corrupción es suficiente para sacar el país adelante?

En medio de esta “cruzada”, como le llaman algunos sus más prolijos guerreros, parece que hasta los gobernantes se olvidaron de hacer gobierno; los pastores y sacerdotes se olvidaron de formar y educar en valores a su grey respectiva; los agricultores se olvidaron de comerciar bien sus productos en el mercado mundial y ahora con antes, están buscando privilegios del Estado; los industriales también se olvidaron de que para competir hay que trabajar, pensar, crear e innovar; los maestros se olvidaron de desarrollar en sus estudiantes la capacidad de aprender a aprender; los padres de familia se olvidaron de sus hijos o se los endosaron al cura, al pastor o al Estado y en fin, como que todos nos hemos olvidado de hacer las tareas que una sociedad que aspira a vivir en democracia y ejercer la república, necesita.

Mientras tanto, unos alegres y otros no tanto, pero si, muchos muriendo de hambre de comer y de saber, esperamos expectantes sobre lo que las cortes y las autoridades políticas van a resolver en torno al antejuicio de Señor Presidente o de los diputados o de los jueces; expectante en torno a los fallos que la Corte celestial supone debió haber dado ya en varios importantes casos de naturaleza política y económica, pero que aún no se le antoja hacerlo y los tiempos para tal cosa ya vencieron. Pero, ¿Qué pasa en el presente y futuro del país? ¡Vaya usted a saber a quién le importa!

A la par, dudosos y apelados acuerdos de nuestras autoridades electorales con CICIG, aseguran más la intervención extranjera en los asuntos internos de nuestro país; aspecto que algunos aplauden y otros no tanto. Se sigue violando flagrantemente la ley y los acuerdos internacionales con respecto a la prisión preventiva y lo cual se definió con claridad meridiana en documento oficial de la Procuraduría de Derechos Humanos de Guatemala y la Oficina de Derechos Humanos de Naciones Unidas, titulado: La aplicación de la prisión preventiva en Guatemala, un problema de Derechos Humanos, emitido en diciembre de 2016. A título de ejemplo, cito una de las recomendaciones dadas al respecto:

“72. Se recomienda que las instituciones de justicia, en particular el Organismo Judicial y el Ministerio Público, aseguren que la aplicación de la prisión preventiva sea usada de manera objetiva y excepcional, caso por caso, sin responder a lógicas discriminatorias, e independiente de la opinión pública y de los medios de comunicación.”

En todo caso, mi personal impresión es que seguimos construyendo en forma subyacente todavía y progresivamente pasando a ser más latente, una crisis potencial cuyo momento de implosión, bien pudiera darse antes de las elecciones, durante o próximos al 14 de enero de 2020. Es por esto que creo que la pregunta vale la pena hacerla ahorita: ¿Tendremos elecciones en el 2019? Atrévase a pensar, atrévase a opinar, atrévase a participar y viva su vocación de libertad.

SOBRE EL AUTOR
Juan F. Callejas Vargas
 Juan Francisco Callejas Vargas   Guatemalteco de 67 años de edad, periodista de opinión, casado con una esposa con quien ha procreado ocho hijos. Estudios profesionales en U
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