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Mi Esquina Socrática

La infamia neocolonialista de la CICIG
Fecha de Publicación: 22/08/2018
Tema: Justicia
Aquí desde hace casi once años nos movemos oficialmente a contrarreloj de la historia de la civilización.

El colonialismo de otrora ha renacido de pronto para nosotros no dentro de los parámetros de los antiguos Estados nacionales sino adherido a ese “Gran Hermano” que llamamos “Organización de las Naciones Unidas” (ONU), “donde cinco iguales son más iguales que los demás.”

Y como es de esperar, también han renacido los lamebotas locales de esa improvisada Metrópoli global neocolonialista con sede en Nueva York.

Y por eso, bajo el pretexto de reciclados supuestos neocolonialistas como, por ejemplo, en nuestro caso, ayudar a nosotros, a los infelices colonizados, en el sector justicia.

Lo más notable y dolorosos aquí en Guatemala es que el nuestro es el único Estado-Nación sobre toda la faz de la tierra que se haya acomodado oficialmente a tal nuevo orden mundial como si fuera legítimo, y durante cuatro periodos presidenciales sucesivos, es decir, del 2007 a la fecha.

¡Cuán degradante!

Y todo a instancias de grupos afines al de los desorientados hijos de esta patria décadas atrás que la sumieron caprichosamente durante treinta y seis años en un mar de lágrimas y de sangre. Y que una vez vencidos por las beneméritas y poco reconocidas Fuerzas Armadas de Guatemala, corrieron a refugiarse bajo las faldas del poder neocolonial mediante la promoción de ese engendro maquiavélico conocido por sus siglas como “C.I.C.I.G”.

Caso único en la historia contemporánea del entero planeta y que a muchos guatemaltecos de buena voluntad les resulta psicológicamente imposible de digerir como parte de la realidad histórica.

Pero, amigos, sí es nuestra realidad.

Y, en el entretanto, algunos otros languidecen en las cárceles sin que se haya demostrado legalmente que la hubiesen merecido, e incluso algunos que ya han muerto en ella.

Crimen repugnante al que nosotros, los todavía libres, nos hemos acomodado perezosamente.

Muy pocas han sido en la historia las razones que hayan justificado moralmente levantamientos armados. Pero esta bota asesina sobre los pescuezos de todos los que aquí vivimos la creo una razón válida a los ojos de otros hasta para una insurrección armada contra ese engendro diabólico de la CICIG. Que ha aniquilado hasta sus raíces últimas entre buena parte de la población, poco o nada alerta, del desmoronamiento de la diminuta estructura que nos restaba nuestro edificio ético nacional.

Y así todo permanece inmovilizado, también la inversión extranjera y el consiguiente desempleo de nuestras masas laborales, ante el casi absoluto mutismo por parte de muchas cabezas supuestamente pensantes entre nosotros y, sobre todo, por nuestras autoridades legítimas, previamente obligadas por ley constitucional a defender nuestra soberanía colectiva.

Y así, tres conocidos magistrados de la Corte de Constitucionalidad, y una no menos conocida ex Fiscal General, añadido algún que otro oportunista calculador en la Corte Suprema, han osado impunemente por neutralizar cualquier intento de los guatemaltecos por recuperar la integridad de nuestro ordenamiento jurídico vigente. Muy en especial para todos quienes laboramos y siempre pagamos nuestros debidos impuestos, y nos hemos hecho un modo honesto de vida en esta tierra tan singular.

De todo esto concluyo una vez más que lo más enfermo en los poderes soberanos del Estado es el Poder Judicial, sin perspectiva alguna de mejora en tanto se mantenga vigente el monopolio corruptor de la CICIG, enteramente al servicio de poderes del extranjero.

Y de esa manera nos vemos reducidos todos a un verdadero Estado de indefensión frente a los desmanes de unos poquísimos abusadores, tanto nativos como llegados de fuera, y con escasas esperanzas de poderlos expulsar.

Recuerdo que un gran jurista alemán de principios del siglo pasado, Rudolf von Ihering, acuño la frase de que “el Derecho es un mínimo de moral”. Y de otros más cercanos a nuestros tiempo, Hayek, Kelsen y el filósofo K. R. Popper, habían llegado a la muy realista conclusión de que no se ha de aspirar a un aumento del número de casos en los que supuestamente hemos hecho justicia sino más bien poner todo nuestro énfasis cívico en disminuir los casos de injusticia.

Lo que es armonizable con esa verdad de sentido común de que siempre “es preferible tolerar cien delincuentes libres que retener a un inocente en prisión.”

Desde estas perspectivas, el triunfo de la corrupción entre nosotros, mediante la CICIG, es total. Y de ello todos habremos de dar cuenta inevitablemente un día ante nuestros descendientes y ante la divina justicia.

Y, para añadir injuria sobre ofensa, CODECA, el CUC, FRENA y otros grupillos delincuenciales, para cuyo control precisamente se pretextó a ese gran engaño llamado CICIG, continúan con sus erráticas destrucciones de fuentes de trabajo para los hombres y mujeres honrados tales como hidroeléctricas y minerías, hostigamiento de inocentes en la forma de robos de energía casi exclusivamente en las áreas rurales, las más pobres del país.

Y todo ello, simultáneo a su incesante labor de zapa del prestigio internacional de Guatemala, con lo que logran embusteramente mantener su posición en el país.

Todos ellos, muy lamentablemente, también con la aquiescencia de algunos “señoritos” del sector productivo del país, tontos útiles al servicio de burócratas internacionales como el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, ex Presidente, recuérdese, de la Internacional Socialista y que jamás se ha dignado poner un pie en Guatemala.

Es más, los probables escenarios definitivos que tan sigilosamente nos preparan los tenemos ya a la vista y a relativa corta distancia: Cuba, Venezuela y Nicaragua…

 

(Continuará)

 

 
 
   
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