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Teorema

La contradicción
Fecha de Publicación: 04/08/2018
Tema: Construir el Estado

El 22 de enero de 1945 un joven de solo trece años entró al majestuoso edificio del Congreso de la República, inaugurado en 1794 durante la época colonial. Ágil, subió las gradas hacia el piso superior. Buscó espacio en un extremo del semicírculo y se sentó allí. Había leído que sus tibias maderas tenían más de 150 años y eran las más finas del Petén. En aquellos días, El Petén era un deshabitado, lejano e inhóspito departamento. Las admiró pero en realidad le importaban poco.

Cuando se inició la sesión buscó entre los diputados y pudo reconocer a algunos, principalmente por medio de las fotos publicadas en La Hora y en El Imparcial. Identificó a David Vela, Francisco Mota, David Guerra Guzmán, Carlos Manuel Pellecer, Clemente Marroquín Rojas, Alberto Paz y Paz, Manuel Galich, Carlos García Bauer, Jorge Adán Serrano y José Manuel Fortuni. Sabía que la sesión sería presidida por Jorge García Granados.

A los demás diputados constituyentes los fue conociendo poco a poco, ya que asistió a tantas sesiones como le fue posible. Aquella primera sesión se perdió en discutir si el texto constitucional debía iniciar con unas “Disposiciones Generales” o con el título “De la Nación”. Pero esa banalidad no le causó desilusión. Intuía que lo mejor vendría en las sesiones siguientes. Muy pronto definió su propia postura política al identificarse mejor con la argumentación de Pellecer, Galich y, principalmente, con la de Fortuni.

Coleccionó las crónicas de los debates que casi todos los días publicaba Clemente Marroquín Rojas en La Hora. Muchas veces estuvo en desacuerdo con lo que Marroquín reportaba o reprochaba mentalmente algo que había omitido. Pensaba que había distorsionado o arreglado algunos argumentos para que actuaran en favor de su postura personal. Consideraba que había conflicto de intereses entre su doble condición de cronista y de diputado constituyente.

Menos de dos meses después de iniciarla, el 16 de marzo, los diputados habían concluido su trabajo. La prisa era para instalar pronto al nuevo gobierno que presidiría Juan José Arévalo, electo tres meses antes. Su elección había empezado a tambalearse con argumentos que cuestionaban su legalidad. No había constitución vigente cuando convocaron a elecciones porque la anterior había quedado derogada de hecho, con el golpe de estado que depuso al gobierno de Ponce.

Cuando la Constitución estuvo terminada, una mezcla de alegría y cierta tristeza, invadió a aquel jovencito quien también estuvo presente el 15 de marzo en la Sesión Solemne donde Toriello, Árbenz y Arana, como triunviros a cargo del gobierno, sancionaron la nueva constitución con un enérgico Publíquese y Cúmplase. Pese a haber madrugado, esa vez el acceso fue más difícil. Mucha gente quería presenciar aquel acto.

Después de breves formalidades, la nueva Constitución fue aprobada y entró en vigor inmediatamente. Años después aún recordaba que fue en la misma sesión que García Granados dejara la silla presidencial a Galich, para que presidiera la ANC y la clausurara, dando validez a lo actuado por el triunvirato y a las elecciones realizadas el 8 de diciembre anterior. Jorge García Granados, apodado “el prócer”, volvió a presidir la sesión pero esta vez, la del Congreso Nacional de la República.

Poco después presenció la toma de posesión de Arévalo. Quedó impresionado con la estatura, el porte y la dignidad del nuevo presidente. No hizo caso a las críticas sobre su nacionalidad argentina que algunos sectores esgrimían. Le parecían habladurías de los perdedores.

Desconocía el origen de su pasión por las constituciones, habiendo llegado a pensar que era anterior a él. Lo cierto es que fue ese ejercicio en 1945 el que confirmó su temprana vocación. Años después se matriculó en la Facultad de Derecho de la USAC. Como estudiante, desde luego, su mayor énfasis fue en temas constitucionales. Más de una vez tuvo dificultades por señalar como inconstitucional el artículo de alguna ley que el profesor explicaba.

Se graduó a la carrera para salir a un exilio voluntario hacia México donde después obtendría su doctorado en Derecho Constitucional con una tesis sobre la Constitución de Cádiz en la UNAM. Vivió en varios países, mayormente en México, durante unos 30 años. Regresó durante el gobierno de Cerezo.

Fue profesor en la UNAM y en la USAC, donde creó la Escuela de Ciencia Política; presidió el CAPEL; trabajó para la ONU y otras entidades internacionales; fue Magistrado de la Corte de Constitucionalidad; Procurador de los Derechos Humanos; autor de siete libros publicados sobre temas de su especialidad. Tuvo muchos otros cargos que incluyen haber colaborado con el gobierno de Guinea Ecuatorial en la redacción de su propia Constitución Política.

Han transcurrido 73 años desde cuando presenció aquellas lejanas discusiones constitucionales de 1945. Jorge Mario García Laguardia (en adelante JMGL), cuya edad —87 años recién cumplidos— parecía haberlo condenado a vivir de sus glorias pasadas, hace unos tres años volvió a ocupar el centro de la atención mediática.

Es un hombre con pensamiento de izquierda (social demócrata), de lo que se enorgullece. Ha ocupado diversos cargos públicos y en su desempeño, que yo sepa, jamás hubo acusación de ninguna forma de corrupción. La única mancha, si se le puede llamar así, tiene que ver con la quema de la embajada de España. Él también había sido citado por el Embajador Cajal, pero no asistió. Se rumoró que había sido advertido por parte de la guerrilla “que mejor no fuera”, así lo hizo y salvó su vida. Pero otras personas, incluso dos eminentes colegas suyos, fallecieron de manera espantosa.

La trayectoria de JMGL, es brillante. La izquierda lo venera y con razón: comparte sus ideas, conoce en profundidad temas de Constitucionalidad y de Derechos Humanos y mejora su perfil de intelectualidad. De allí mi perplejidad ante declaraciones suyas que reclaman una revolución, solución que no suele ser propia de intelectuales como él. Borges dijo: En cualquier guerra los hombres mueren y, lo que es peor, matan.

Reproduzco algunas declaraciones suyas que causaron mi estupefacción. Por ejemplo, durante la crisis política de 2015 declaró que era necesario poner en suspenso la Constitución, resolver el problema y retomarla después. Hoy, creo que tenía razón, que en situaciones de crisis las constituciones estorban porque fueron hechas para tiempos de normalidad.

Plaza Pública (14.07.16) recoge: En Guatemala hay que reformarlo todo, no solo la Constitución. Este país ha sido llevado a un fracaso total. El Congreso es un nido de delincuentes y la Corte Suprema de Justicia es un grupo que responde a los intereses de éstos; las instituciones, incluida la Universidad, responde a intereses que no son los propios, los que les corresponden. En Guatemala hay que hacer una gran reforma, ¡de todo!

Prensa Libre (3.9.17): Esto ya llegó al límite. Hay que hacer una revolución. Hay que cerrar el Congreso y demás instituciones públicas, establecer un gobierno fuerte y organizar una discusión general para rehacer al país.

ElPeriódico (29.9.17): Este Congreso debe desaparecer, hay que cerrarlo y también la Corte Suprema de Justicia y todas las instituciones fallidas y establecer un régimen provisional que abra una consulta general a todos los sectores del país. … Así que no hay que preocuparse de que se suprima la Constitución, hay que suprimirla si no ha funcionado durante estos 20 años, hagamos otra, no hay ningún problema por eso.

A primera vista hay una seria contradicción entre esas declaraciones y su sólida formación en Derechos Humanos y temas Constitucionales. Pero, contradicción o no ¿y si tiene razón? Dentro de la Constitución ¿es posible despedir a un empleado público sindicalizado que roba medicinas? Los secuestradores del alcalde de Coatepeque probablemente terminarán impunes bajo la protección constitucional. Y los que bloquean carreteras, invaden propiedades, queman hidroeléctricas, cierran empresas mineras y un largo etcétera que impide progresar ¿cómo resolverlo dentro del marco constitucional?

JMGL también afirmó estar contra la intervención de los EEUU en nuestros asuntos, lo que debió extender —por consistencia— hacia la ONU y sus agencias. También piensa que hace falta un liderazgo fuerte, quizá autoritario para sacar adelante a Guatemala. Esas afirmaciones están más allá de las ideologías. No es cosa de derechas o izquierdas lo que está en juego es nuestro país y solo tenemos uno.

Confesión: La introducción de este artículo, el joven que visita el Congreso, es una fantasía romántica con la que buscaba atraer la atención del lector. No necesariamente sucedió así. JMGL pudo ser un muchacho normal, que iba a jugar billar en vez de asistir a clases. Confío que usted y él sepan disculparme. No conozco a García Laguardia pero experimento respeto por él, su obra y sus libros, además de compartir algunas ideas suyas. Deseo consultarle algo a él. Si usted, estimado lector, conoce su correo-e, apreciaría sobre manera que me lo copiara a
pi.jfgm@gmail.com.