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Teorema

Arzú, un mes después
Fecha de Publicación: 27/05/2018
Tema: Política
 
Hace exactamente un mes, el pasado 27 de abril al finalizar la tarde, con la velocidad de un rayo circuló por las redes sociales, la noticia del fallecimiento de Álvaro Arzú. Estaba al lado de uno de sus hijos, el heredero de su pasión política. Su corazón, debilitado desde muchos años atrás, dejo de latir ese 27 de abril. Él sabía que tenía los días contados. Había dicho: “Y el tiempo se me fue”, frase que escogió Méndez Vides para titular el libro donde resume dos años de entrevistas con él. Su deceso fue para Guatemala un suceso penoso y triste.

Su relación con la prensa y los periodistas fue abiertamente hostil. Al menos un propietario de medios, aún después de su deceso, se sigue considerando enemigo suyo. La prensa lo llamó intolerante, controversial, terco… Lo que puede interpretarse como que no permitía que un periodista le dijera cómo debía gobernar, que expresaba sus desacuerdos y que no estaba dispuesto a ceder. Los periodistas lo llenaron de oprobios y él les habló igualmente fuerte, pero aportando cifras.

Arzú murió en el pináculo de su exitosa carrera política. Lo hizo dentro de un nivel de actividad propia de él, había almorzado con su familia. Por la tarde, después de resolver asuntos de la administración municipal, otorgó un reconocimiento al arquitecto Pelayo LLarena. Terminó el día jugando golf con su hijo, conversando y discutiendo con él.

El infarto fue violento, masivo, irreparable. Expiró en brazos de ese hijo suyo que habrá visto como ver al espejo pero a través del tiempo. Su funeral fue magnífico. No creo que nadie en Guatemala haya presenciado jamás uno igual. No me refiero a los actos protocolarios oficiales, que incluso podrían ser superados. Hablo de la expresión popular de duelo, de toda la gente que espontáneamente manifestó su pena, vitoreándolo con dolor, desde el Palacio Nacional hasta su tumba en Antigua Guatemala. Eso, muy difícilmente se podrá repetir.

La suya fue una inmejorable forma de morir, muchos habremos deseado que la nuestra pueda ser así. Lo que consternó a nación fue que aún era joven, que debió suceder unos diez años más tarde, o más. Su deceso y su funeral motivan a reflexionar sobre la vida, la muerte, la familia, la política, la posición de uno, su trabajo, el Estado, la nación…

Tengo tres pensamientos. El primero es que el atractivo de su final se magnifica al considerar que el escenario pudo haber sido otro, muy desfavorable:

Si la CICIG le hubiera arrebatado el derecho de antejuicio, coaccionado al juez para que le dictara prisión preventiva —ya ha sucedido— demorando de intención, la presentación de alegatos, pruebas y documentos —también ha acontecido; si hubiera hecho lo mismo con los magistrados de la Corte de Constitucionalidad, para que los amparos que él presentara fueran rechazados y los suyos aceptados sin mayor trámite, entonces a Arzú le habría sucedido lo que al coronel Chiroy y a miles más: la prisión preventiva deja de serlo  y se convierte en encarcelamiento de hecho.

Humillado en prisión, su salud se habría resentido aún más con pérdida de memoria prematura causada por híper tensión. Tres o cuatro años después lo hubieran dejado en libertad por falta de pruebas y vicios procesales. Como si tuviera la maldita gracia, le habrían dicho: lo sentimos mucho, se puede ir. De regreso en su casa, postrado en una silla de ruedas, convertido en piltrafa humana lo sacarían a tomar el sol. Habría dejado de reconocer a la esposa, hijos y nietos. Un día de un par de años después, habría fallecido por “causa natural”. La familia, con resignado alivio, diría: Bueno, ya dejó de sufrir. Lo único que destacaría en su funeral es una guardia de honor durante 15 minutos en el Palacio Nacional y un poco más en la Municipalidad.

Segunda reflexión. Ante su muerte, quienes tenemos una edad próxima a la suya, habremos pensado en lo frágil de la vida, en lo próximo que puede estar nuestro propio final. Y ante la visión de que podría ser inminente, la razón subraya lo vacío de algunos actos o percepciones en nuestro día a día: Las enemistades, los pleitos, la discusión política que en vez de buscar propuestas está dirigida a destruir, la tolerancia ante el mal uso de los recursos públicos, la búsqueda exagerada de poder, la ambición por riquezas que no son obtenida mediante trabajo honrado… todo se ubica mejor al adquirir conciencia de nuestra temporalidad.

Tercera y última reflexión: Estoy convencido de que existe en nuestro país una persona capaz de convertirse en ese dirigente político fuerte, inteligente, hábil, honrado que todos quisiéramos ver en las papeletas del año entrante. No sé quién pueda ser. Lo que sí sé es que necesitamos de alguien que capaz de reconstruir la perdida unión entre los guatemaltecos. Uno que quizá pueda empezar unificando a quienes nos sentimos conmovidos por la muerte de Arzú. Ese guía quizá podría también incentivar la unión nacional, al menos la de una parte importante de connacionales.

Antes de que sucediera esta desunión tan fuerte y dañina para el país, este evidente desafío por Facebook, Twitter, WhatsApp y semejantes, que  enfrenta aún a quienes no se conocen ni se han visto jamás. En 2015 demostramos que pese a no ser, ni haber sido jamás, una población unida, teníamos la capacidad de responder juntos a los grandes desafíos. Sucedió después del terremoto de 1976. Volvió a acontecer muchas veces. En abril y mayo de 2015 Guatemala se manifestó unida contra la corrupción en vez de hacerlo desde facciones opuestas y enfrentadas como ahora. Entonces fuimos ejemplo para el mundo. Ahora nos preguntamos ¿Qué sucedió? ¿En qué momento nos dejamos disociar? ¿Cómo fue que permitimos que aquella unidad nacional se convirtiera en enfrentamiento interno?

Creo que si Álvaro Arzú viviera y le fuera permitido postularse como candidato presidencial, ganaría la elección con tanta facilidad como cuando ganó las alcaldías. Y si ese hubiera sido el escenario en cualquiera de las elecciones de este siglo, también habría ganado. Pero ese no es el contexto actual. Creo que, como nación, necesitamos de alguien que sustituya a Arzú, que precisamos más de un líder autoritario que de un campeón de la democracia.

Si ese líder, quienquiera sea, consigue provocar la cohesión social que casi todos anhelamos, si consigue hacerlo por encima de esas supuestas ideologías partidarias que muy pocos comprenden, si logra introducir el concepto de una libertad irrestricta, pragmática, sujeta únicamente a una legislación nacional, que debe ser revisada… Entonces, en este terrible momento de ausencia de liderazgo político, esa persona podría destacar y conseguir que el año próximo pongamos en las manos suyas el futuro de nuestra Guatemala. Si utilizara, entre otros medios, la memoria de Álvaro Arzú, sucedería que quien fuera Alcalde y Presidente, como el Cid, también, eventualmente, podría ser determinante después de muerto.
SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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