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Mi Esquina Socrática

El crimen mejor organizado: la CICIG
Fecha de Publicación: 16/05/2018
Tema: Justicia
Para los enanos mentales que tanto ruido hacen, este titular puede resultarles una blasfemia. Para los adultos sensatos, en cambio, una verdad a la que hemos de enfrentar.

El problema para esta última postura es que el número de los enanos es incontable, como nos lo advirtiese hace ya muchos siglos el Predicador que nos resumiera el pesimismo del Eclesiastés: Lo torcido no se puede enderezar, y lo incompleto no puede contarse.” 
(Eclesiastés 1:15).

Porque aquí, en Guatemala, continuamos tomando a la ligera la importancia cumbre de la virtud de la justicia, corolario recomendable al de otra virtud: el hábito de pensar.

Pero la virtud de la justicia también es la más cuesta arriba de entre las virtudes según la unánime interpretación de judíos y cristianos. Y lo que llevara a San Agustín a preguntarse: “Sin la justicia, ¿qué serían los pueblos sino bandas de ladrones?
(La Ciudad de Dios, IV, 4).

Como educador, por mi parte, y por muchos años y en variadas latitudes, doy fe de la pertinencia de todo lo que acabo de decir.

Pero también de su posible logro, como lo quiero extraer aquí de un texto del gran profeta Isaías: “mas los que esperan en el Señor tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.”
(Isaías 40:31).

Es mi firme propósito no desfallecer jamás ante esa monstruosidad conceptual de la que con tanta ligereza irresponsable se habla: la
CICIG. 

En primer lugar, nada se ha evidenciado a lo largo de la historia civilizada tan difícil de ponderar como aprender a justipreciar los méritos y culpas ajenos, y muy en especial los propios. Lo que me ha llevado siempre a solidarizarme, como a cualquiera otra persona normal, con todo aquel lacerado por la injusticia.

Y a propósito de esto último: nada me resulta tan corrupto y despreciable como la falacia de que todo aquel que se opone a la
CICIG es corrupto o está en favor de la corrupción. Tengo noventa y dos años y jamás se me ha sindicado en ningún punto del entero planeta de antecedentes penales. ¿Pueden afirmar lo mismo todos los del rebaño de apologetas de Iván Velázquez?...     

Por eso, y por otras motivaciones en las que no puedo ampliarme aquí por falta de espacio, en lo personal jamás he aceptado la imprudente e inexcusable ligereza moral que entrañó la propuesta de la CICIG, muy en particular las de Édgar Gutiérrez y Eduardo Stein, seguidos ahora por otro conjunto sorprendente de tontos útiles que se les han sumado.

Por otra parte, de siempre me había escandalizado la superficialidad poco adulta con la que algunos aceptan su designación como jueces o magistrados cual si se tratara de un puesto más de trabajo intrascendente y retribuido. Porque nunca he dejado de tener la impresión desde mi mayoría de edad que lo más abrumador para un hombre decente es ser designado juez de la conducta de otros.      

Aún más, tiemblo al solo pensar de que Dios nos pudiera aplicar a nosotros los mismos parámetros de lo justo o de lo injusto que con tanta ligereza enderezamos hacia los demás.

También creo que mi familiaridad temprana, desde la pubertad, con adultos muy educados y respetuosos de todo lo ajeno me hizo algo más sensible al respecto.

En realidad, tanta injusticia generalizada que he visto siempre a mí alrededor, en Europa o en América, la creo el verdadero pecado original de todas las civilizaciones, letradas o no. Y me resulta infantil querer ignorarlo.

Todavía recuerdo de lo que pude entrever durante mis estudios en Alemania de la “justicia racial” de los nazis, o de lo que compartí con parientes y amigos íntimos de la “justicia supuestamente clasista” de los hermanos Castro en Cuba, o de lo que he podido averiguar de aquellas “purgas” que me fueron más remotas de Stalin, Mao y Pol Pot, por no hablar de la justicia supuestamente “ilustrada” de Maximiliano Robespierre durante el periodo del máximo “Terror” de la Revolución Francesa.

O simplemente de lo que se evidencia a diario en los tribunales de justicia de Guatemala o de nuestros vecinos.

Para mí, por lo tanto, nada habría de ser tenido como más sagrado que la impartición de la justicia pronta y cumplida, o sea, según el “debido proceso” en todo Estado de Derecho.  

Por eso conceptúo a la CICIG como la negación de todo lo que siento y pienso.

Bajo Iván Velázquez, la estrategia de los tres Comisionados sucesivos se ha hecho más que evidente: al interno del país asegurarse el monopolio de la denuncia penal contra cualquiera; y al externo, la máxima efectividad posible de la calumnia. Por eso se han concentrado en los casos más mediáticos, con total olvido de lo que se suponía vendrían a combatir: los atropellos del CUC, de FRENA, de CODECA y de otros grupos de infames herederos de las guerrillas derrotadas.

Y así se ha aterrorizado inhumanamente desde hace once años a toda la población dado, en especial, que esa herramienta de control civil no tiene contrapeso legal alguno y sus agentes extranjeros gozan de impunidad total y de por vida. 

Al tiempo que con miles de millones de dólares de los sufridos contribuyentes que no lo saben, de Europa y de los Estados Unidos, ponen el nombre de Guatemala por el suelo, desalientan así la inversión, multiplican el desempleo y la criminalidad consiguiente.

Y el ganado de idiotas aplaude.

Y no solo en Guatemala, también en el Cantón de Ginebra en Suiza o en la Cámara de Representantes en los Estados Unidos. ¿Por qué son, claro está, los más desarrollados?...
(Continuará)
 
 
   
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