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Invitado de honor

José Toledo Ordóñez: Mario Monteforte Toledo
Fecha de Publicación: 14/05/2018
Tema: Literatura
Semblanza. Discurso para la celebración del XIV aniversario (15 de marzo 2018) de la biblioteca que lleva su nombre en la Cancillería.

Mario Monteforte Toledo (1911 – 2003) murió el 4 de septiembre del año 2003. Le faltaban pocos días para llegar al día 15, aniversario de nuestra independencia y fecha en que cumpliría 92 años de edad. Con su muerte se cerró el Siglo de oro de la literatura guatemalteca, en que también sobresalieron escritores de la talla de Miguel Ángel Asturias, Tito Monterroso y Luis Cardoza y Aragón.


El regreso de Monteforte Toledo de su último exilio en 1986 fue facilitado por el entonces presidente Vinicio Cerezo. Comenzó a deleitarnos con una columna que aparecía los días jueves en un matutino. De vez en cuando publicaba en ella sus famosos Retratos hablados, a los que él se refería como “un modesto invento”.

Rebelándose contra su usual falta de modestia cedió al impulso de “reconocer, admirar y amar todo lo que es superior a uno”, sin más afán que revivir la memoria de inolvidables amigos y compartirla con los nuevos.

Allí fueron desnudados con singular gracia personajes que conoció en sus incansables viajes, como Orson Welles, Pablo Neruda, Luis Buñuel, Julio Cortázar, Carlos Mérida, Miguel Angel Asturias y otros que cautivaron a Mario por su fuerza humana y capacidad de compartir la vida.

La vida de Monteforte estuvo llena de anécdotas y frases contundentes, epigramáticas acerca de lo humano y lo divino.

Solía llamarme para decir que se había quedado afuera de su apartamento sin llaves. O que había perdido sus lentes. En una ocasión de viaje en Inglaterra se perdió el mismo durante cuatro días. Lo sacaron en un canal de televisión y personeros del hotel que lo reconocieron llegaron por él.

Cada vez que me decían “Monteforte Toledo es como tu padre” yo les contestaba: “No, es como mi hijo”. De carácter parecido, chocábamos constantemente. A Alan Mills le confesó que yo era como su segunda madre. Tal vez por eso siempre buscaba la forma de reconciliarse.

Un domingo lo esperábamos a la hora de almuerzo. Apareció con la cara pintada de blanco. En lugar de gotas para aliviar sus cansados ojos se había echado liquid paper.

Al terminar la comida acostumbraba reclamar, con impaciencia: “Se ofreció café”.

Le irritaban los maridos de las mujeres hermosas, los tontos y los niños. Sin embargo, jugaba con mis nietos los domingos.

Se quejaba diciendo que la única y verdadera tragedia de la belleza es que cuando se es joven uno le gusta a las mujeres que le gustan y ya de viejo le gusta a las que a uno no les gustan. Del sexo opuesto decía: “Al hombre yo lo puedo ver. A la mujer siempre la estoy adivinando, tanto en la vida como en la literatura. Creo que la mujer es más inteligente que el hombre, que tiene una gran reserva de sí misma y esto es incomprensible para uno y hasta para ellas. Cuando una mujer dice no sé lo que siento, es cierto. Todo en ellas es un misterio. Yo por eso les tengo un miedo espantoso. No las comprendo y hace mucho dejé de intentarlo”.

Le sorprendía el grado de libertad de expresión que encontró al volver. “En Guatemala ―decía― se puede decir de todo. Aquí cuando vienen los extranjeros, no pueden creer el libertinaje de la prensa: ¡le mientan la madre al Presidente, al Arzobispo, al los Estados Unidos, a quien sea! Inclusive se meten con la vida privada de la gente”.

Su gran bestia negra era el internet. “Le está haciendo un daño espantoso a la humanidad ―decía. Es un instrumento formidable para la vida comercial y la comunicación rápida entre los mandos del mundo, pero no está hecha para los pobres. Reemplaza el esfuerzo de buscar en un libro, pensar, razonar, la manera crítica de ver la realidad. Lo veo con pavor porque está creando cretinos”. Pensaba que las computadoras estaban mal hechas y que no teníamos más remedio que aprender a usarlas. Nada en su funcionamiento le parecía lógico.

En general no era amigo de la tecnología. Un domingo llamó de urgencia a mi hijo José Luis gritando: “¡Ayúdame! ¡Tengo una semana de no poder oír música!” José Luis llegó de prisa y en un minuto arregló el problema presionando el botón de la función “
mute”.

Monteforte se caracterizaba por tener gustos caros para los vinos, los quesos y la comida. Todas las mañanas montaba su caballo andaluz. Un día quise mortificarlo y le pregunté cómo podía ser socialista y darse esos lujos. “Así deberían de vivir todos los proletarios”, respondió.

Era millonario en pasaportes sellados y lo que había comido y bebido. Su mayor tragedia fue estar tan ocupado que hasta los 85 años tuvo oportunidad de sentarse a hacer cálculos y se dio cuenta de que se podía haber jubilado diez años atrás.

“Es a partir del caballo ―decía
― que el hombre ha superado sus infinitas limitaciones. Yo resuelvo mis problemas intelectuales montando a caballo, a través del ritmo inherente de ese ejercicio”.

Atención muy especial merece el capítulo VII del libro Historia Crítica de la Novela Guatemalteca escrito por Seymour Menton, que se titula Mario Monteforte Toledo y el Arte de Novelar. El primer párrafo explica el contenido:

Entre la confusión sobre la clasificación de tantas obras narrativas guatemaltecas, se distinguen las cuatro novelas bien estructuradas de Mario Monteforte Toledo (1911-2003). Anaité (1948), Entre la piedra y la cruz (1948), Donde acaban los caminos (1953) y Una manera de morir (1957) marcan cuatro fases básicas en el desarrollo de la novela hispanoamericana: el criollismo; el nacionalismo; el estudio sicológico revestido de experimentación estilística; y el estudio filosófico de tendencias universales”.

Monteforte aborrecía la vejez. Se consolaba diciendo: “Creo que he logrado lo que he esperado siempre; llegar a la vejez sin que signifique nada la edad. Su libro “Unas vísperas muy largas” gira alrededor de su teoría de que “Hay que pasar del amor a la muerte sin detenerse en la vejez”. Ramón Banús dio una original versión cuando le dijo a Mario: “Vos te vas a morir de juventud”.

Mario Monteforte Toledo y el tiempo es un ensayo que publiqué sobre este libro, el penúltimo de Monteforte. Es autobiográfico en su mayor parte. Tal vez por eso Mario decía que en un escritor la literatura es el hombre también y que en toda novela hay mucho del autor. El libro trata sobre la última etapa de su vida. Mi ensayo se centra en la obsesión de Mario por el paso del tiempo. Nada comienza y nada termina sin sentido; el tiempo no sirve para medir los orígenes ni los fines. Esa es la consoladora clave para muchos enigmas de la novela.

Hay un texto que me causó profunda impresión: Notas para leer a Mario Monteforte Toledo escrito por Carlos Montemayor, dos años antes de la muerte de Monteforte.

Cuando Montemayor escribió esta pieza, Monteforte tenía 90 años. Desde la novela Anaité hasta la novela Los adoradores de la muerte (del año 1938 al año 2001) Montemayor encuentra ciertas constantes que surcan su obra. La más significativa es la búsqueda de lo remoto.


En todas las novelas lo remoto está en esta tierra, exceptuando la última, Los adoradores de la muerte, donde lo remoto está en el más allá. Montemayor se sacude. Deduce que Mario Monteforte Toledo ya no tiene nada que decir y presiente su muerte.

Montemayor me compartió esta experiencia cuando vino a Guatemala en el 2004. Me viene a la mente una escena que sucede una tarde que ubicamos en los mismos días del presentimiento de Montemayor.
Monteforte me dijo: “Yo ya hice todo lo que quería hacer en mi vida. No me interesa vivir más. En dos años me muero.” Así sucedió. Monteforte sufrió una caída que se le complicó con un infarto cerebral. En la segunda semana de guardar cama recuperó su lucidez. Regina mi esposa le llevó comida y Monteforte se negó a comer. Debo decir que Mario amaba la cocina de Regina. Ella le reclamó: “Mario, si se la hice yo misma”. Él le tomó la mano, se la besó y le dijo: “El proyecto Monteforte terminó”. A los dos días murió.